miércoles, 14 de noviembre de 2018

Festival Internacional de Cine en Mar del Plata - Entrevista a Lucrecia Martel



Lucrecia Martel: “La ultraderecha que viene puede ser peor que el nazismo”
La cineasta reflexiona sobre el maltrato de Argentina a sus comunidades indígenas mientras prepara un documental sobre el asesinato del cacique Javier Chocobar


Fuente

La cineasta argentina Lucrecia Martel, en Mar del Plata.
Los jugadores de Boca Juniors entraban al campo de La Bombonera para disputar la final de la Copa Libertadores contra River Plate cuando Lucrecia Martel (1966, Salta) llegó al hall del Hotel Hermitage de Mar del Plata rodeada de sus colaboradores. Los cánticos de aliento de los xeneizes -"yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más"- que retumbaban en la televisión el domingo parecieron aquí dedicados a la directora argentina, una de las más admiradas del cine latinoamericano. "¿Ya estamos en el horario?", pregunta Martel ajena al partido que ha paralizado al país. "Por eso no había nadie en ningún lado", agrega entre risas la realizadora de La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza y Zama. Es una de las estrellas invitadas al 33 Festival de Cine de Mar del Plata, donde brindará una clase sobre sonido y cine.
Idiomas entremezclados, susurros, sonidos de la naturaleza, frases superpuestas e inconclusas forman parte del paisaje sonoro de la filmografía de Martel. "No puedo concebir el sonido como una cosa que se le pega a la imagen sino que el sonido fue el camino para trampear y sacarse la presión de la educación y ver cosas que uno quiere tratar de ver", arranca en la entrevista. En Zama, la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Antonio Di Benedetto, la presencia sonora es protagonista de varias escenas de gran fuerza poética. En las anteriores, se le suman también diálogos en los que asoma la cultura del norte argentino "donde la conversación, el cuento, el rodeo es algo que lo notas mucho en el habla cotidiana".

Salta, la ciudad del noroeste donde nació y vivió hasta los 19 años, forma parte de lo que en Argentina se conoce como el interior, en contraposición a Buenos Aires, una estructura de centro versus periferia que ya estaba presente en la época colonial retratada en Zama. "Nuestros países tienen todavía una impronta de la colonia tan fuerte que están configurados con un polo de producción, de comercio, de decisiones administrativas y después está el resto que crece a la buena de dios. Esa estructura colonial, que mirá cuantos años llevamos, 500, no se ha podido modificar o sólo muy levemente. El pasado colonial nuestro está tan presente en las decisiones que se toman que después de la independencia incluso agudizaron algunas cosas", dice Martel.
"El estatuto del indio, por ejemplo, durante la colonia española tenía más beneficios y leyes que lo protegían que después de la independencia. Después casi desaparece la condición de ser indígena, era como un ciudadano que en realidad no contaba para la vida política ni económica y las tierras que eran de ellos pasan a ser fiscales. Toda la situación del mundo indígena empeora a partir de la independencia. En este país echamos la culpa a los países que nos colonizaron y hemos inventado esa mitología de los héroes del siglo XIX cuando en realidad lo único que hicimos fue legitimar una matriz de exclusión enorme", continúa.

martes, 13 de noviembre de 2018

Buenos Aires - MNBA - Afrodita de Capua


Afrodita de Capua. Período adrianeo (117-138 d. C.), mármol, 2,20 m
crédito de la imagen © luigispina / Museo Archeologico Napoli






El Museo Nacional de Bellas Artes tiene el placer de presentar la Afrodita de Capua, una escultura realizada durante el imperio de Adriano (117 al 138 d. C.), proveniente del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

      La exhibición de esta obra maestra del arte clásico forma parte de las relaciones e intercambios culturales entre los Estados italiano y argentino, y se lleva a cabo en el contexto de la Cumbre del G-20, cuya sede 2018 es nuestro país. En ese sentido, quiero expresar mi gratitud hacia la Embajada de Italia en la Argentina, el Instituto Italiano de Cultura y el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
      La Venus de Capua, una de las piezas fundamentales del arte occidental, ha inspirado la imagen de la femineidad por dos milenios. Se presume que las Venus de Milo y de Capua son copias de una Afrodita original perdida, atribuida a Lisipo, uno de los grandes escultores de la Grecia clásica. Pero mientras que aquella sostenía en su mano una manzana –siguiendo al arqueólogo e historiador alemán Adolf Furtwängler–, la Afrodita de Capua, por el contrario, presenta una diferencia crucial. El gesto –la cabeza levemente inclinada hacia algo que tendría entre sus manos vacías– reclama un objeto ausente. Podríatratarse del escudo de Ares, que en la iconografía griega suele ocultar un espejo donde la diosa contempla su rostro, aunque también podría seruna lira. Deidad del erotismo y la seducción, casada con el poco agraciado Hefestos, Afrodita mantuvo su romance prohibido con Ares, el dios de la guerra (para los romanos, Marte).
      El enigma de esta escultura, configurado por el pudor y la serenidad clásicos con que se anudan lo sublime y la más terrenal de las carnalidades, le infunde tal potencia iconográfica que resulta difícil pensar la figura femenina, al menos desde el Renacimiento, sin ella. Como sucede con toda obra de la Antigüedad clásica, una vezdestituidas las creencias que la inspiraron, nuestra percepción actual se ve instigada a aceptar su misterio eterno como parte de la mejor herencia de una cultura.

Andrés Duprat
Director
Museo Nacional de Bellas Artes