martes, 23 de junio de 2026

Salvatierra

Salvatierra es una novela de Pedro Mairal publicada por EMECE en 2008.  Es la historia de dos hermanos que viajan a Barrancales, un pueblo ficticio a orillas del río Uruguay. La reciente muerte de su madre los regresa al pueblo natal para resolver el tema de la herencia. Salvatierra, su padre, dejó un galpón lleno de rollos de pinturas y deben decidir qué hacer.

 «Si digo que mi padre tardó sesenta años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que lo pintó a lo largo de sesenta años».

 La novela es, también, un camino que nos invita a pensar y recorrer las relaciones familiares en las que las heridas ocultas, que se develan tras la muerte, ya no tienen posibilidad de diálogo o explicación. A veces es triste, pero de alguna manera, también es sanador. 

 Salvatierra, cuando era niño, por un accidente había quedado mudo, y aprendió a comunicarse a través de la pintura. En su vida, no dejó un día sin pintar. Pero esta es la historia de Miguel, que se enfrenta con la enormidad de la obra del padre. Frente a ella tiene sensaciones encontradas: recuerda los momentos felices en que le ayudó, pero también siente que Salvatierra, a pesar de su mudez, con su pintura infinita invadió su vida, aturdiéndolo.

Como artista, Salvatierra era autodidacta y pintaba un realismo con cierto sentido fantástico y naturalista, el concepto mismo de pintar un lienzo infinito e inabarcable roza lo fantástico. Su arte era marginal: trabajaba en absoluto secreto alejado de las galerías y la cultura oficial de la época.

Hay algo particular en la novela: Miguel nombra a su padre por el apellido. El hecho de que un hijo nombre así a su padre, nos muestra un modo del habla campesino que está presente en toda la obra. Se nota el uso de regionalismos o palabras propias como “islero” -los habitantes de la isla-, o “gurí” para referirse a los niños. Además, muestra la fauna y flora de la zona, peces propios del río como los “dorados” y  “surubíes”. De alguna manera, el lector puede imaginar, en los diálogos con los pueblerinos, hasta la entonación de la voz, su melodía.

Al mismo tiempo, es un relato íntimo, en primera persona, que cuenta las búsquedas y los descubrimientos. Por una parte, toparse con 60 rollos que contienen la obra monumental de casi 4 km de extensión que Salvatierra pintó diariamente como un relato autobiográfico. Y por otra, descubrir que falta el rollo correspondiente al año 1961. Por eso, el protagonista inicia un recorrido casi detectivesco en la memoria de los viejos conocidos de su familia. 

 Al principio de la narración, Mairal muestra a su personaje como alguien que se distanció de la vida de su padre cuando viaja a estudiar y se queda a vivir en Buenos Aires; pareciera que eso lo vive con cierta culpa. Pero a medida que avanza el relato, Miguel va cambiando: descubre el arte de su padre y entiende a las telas como un diario visual que lo ayuda a humanizar a Salvatierra. En verdad la búsqueda del rollo lo lleva a un viaje de reconciliación y maduración personal.

 «Si algo que había pintado no le gustaba, lo volvía a pintar más adelante con alguna variación, pero no lo corregía encima. Las cosas que estaban pintadas eran inalterables, como el pasado».

La pintura no era ajena a la vida de los hijos. De niño, el protagonista había participado en esa creación y hasta le había ayudado a preparar la tela. Ahora, mientras piensa con su hermano, qué hacer con los rollos, se desnudan secretos de la vida de Salvatierra: historias furtivas y amores escondidos. Al encontrar estas verdades ocultas de su padre, Miguel se replantea su propia identidad y el peso de los mandatos paternos. 

«Nunca fui muy creyente, porque la idea de sumarme un padre espiritual al enorme padre biológico que ya tenía me parecía agobiante. (…) Uno ocupa esos lugares que los padres dejan en blanco. Salvatierra ocupó ese margen alejado de las expectativas ganaderas de mi abuelo. Se adueñó de la representación, de la imagen. Yo me quedé con las palabras que la mudez de Salvatierra dejó de lado».

Por otra parte: el río. El río siempre presente, en la niñez, en la tragedia, en los excesos cometidos, y ahora, ¿tal vez revelados? La historia nos lleva a acompañar el fluir del río, como el transcurrir de la vida. En este punto podemos citar una pintura semejante al río que nos propone Pedro Mairal: “Argentina” la monumental instalación de Mondongo que conforma un paisaje de 45 metros lineales realizado íntegramente en plastilina. La obra muestra la naturaleza salvaje de Entre Ríos y el cauce del río Uruguay. Sí, hay mucho de esa ribera de “Argentina” en los rollos pintados por Salvatierra. 

Pero además, volviendo al recorrido por las relaciones familiares, recordamos “Los puentes de Madison County”, de Robert J. Walker. En la novela, dos hijos Carolyn y Michael, descubren después de la muerte de su madre, una gran historia de amor de cuatro días, entre ella y un fotógrafo que pasó por la granja buscando los Puentes de Madison. Los hijos aprenden que Francesca, su madre, eligió la fidelidad a su esposo y a la familia a pesar de que les deja escrito: “Todos estos años lo he amado desesperadamente”.

En Salvatierra “Miguel siente la imperiosa necesidad de encontrarlo (el rollo perdido)  para que el cuadro no sea infinito, para que tenga un borde, un límite. Para tener una vida que no haya sido pintada ya por su padre” (Introducción) 

Mairal en una entrevista cuenta que “Para Salvatierra, vivir su vida era pintarla, en el lienzo se vuelca toda su actividad comunicativa, todo su decir. Creo mucho en la parte sanadora de la creación (…) La escritura me permite que todo el caos vital quede ordenado, destilado. Eso hace Salvatierra, procesa la vida, la convierte en obra, se transustancia.”

La novela de Pedro Mairal nos convoca a revisitar las relaciones familiares de nuestra propia historia personal con esos momentos complejos siempre presentes. En Salvatierra se muestra la distancia que a veces existe en las familias. Los dos hijos, en su viaje de vuelta a Barrancales, al ver la inmensidad de la obra, logran comprender cómo su padre entendía el mundo. Sucede cuando los padres ya no están, pero es un comienzo de un replanteo de la vida y de una sanación afectiva. Al leer este libro, podemos entender  y compartir los sentimientos del autor cuando dice: “Creo mucho en la parte sanadora de la creación”.

SOBRE EL AUTOR

Pedro Mairal (Buenos Aires, 27 de septiembre de 1970) es un escritor, músico y guionista argentino.  En el 2007, fue incluido por el jurado de Bogotá39 entre los "mejores escritores jóvenes latinoamericanos". Se considera como parte de la Generación del 90, junto a otros escritores argentinos que admira, como Fabián Casas, Santiago Vega, Samanta Schweblin y Selva Almada. 

Escribió Poesías, Cuentos y ensayos. Entre sus novelas mencionamos: Una noche con Sabrina Love (1998) El año del desierto (2005), Salvatierra (2008), La uruguaya (2016) y Los nuevos (2025). 

En 1994 recibió la mención en el Premio Fortabat de poesía por Tigre como los pájaros, el  Premio Clarín de Novela por Una noche con Sabrina Love en 1998 y en 2017 el Premio Tigre Juan por La uruguaya. 

martes, 16 de junio de 2026

El catalejo (cuento)

               En una tarde fresca y otoñal dos hombres intentan abrir la puerta de una vieja casa en el Barrio Inglés de Caballito. El clima húmedo de Buenos Aires contrasta con la primavera que Federico dejó en Italia. 

—¡Dale, hermano, van a creer que estamos intentando robar! —apura a su amigo, mientras la lluvia los impregna suavemente.

—¡Qué querés si esta puerta no se abrió en años! —dice y empuja con todo el cuerpo la madera hinchada. ¡Boooommmm! Con el golpe, se libera como si fuera la puerta de un vetusto castillo de cuentos infantiles.

— Al fin será mío. —dice Federico y se abalanza hacia la escalera.  

—Pará un poco, abramos las ventanas porque hay un olor acá… 

—No, subamos que quiero enseñarte algo.

Pero se detiene paralizado. Le asalta una duda de años. ¿Estará todavía en el cofre? ¿Y si alguien se lo llevó?

El amigo empieza a abrir las ventanas, preguntándose por qué dice “mío” si se trata de “la” casa.

—¿Fede, qué te pasa ahora? 

—No, no pasa nada… —responde, dudando un poco, toma coraje y agrega— Vení,  subamos al altillo. Tengo guardado algo que quiero mostrarte. Y a zancadas, sube los escalones haciendo crujir la madera. 

—Che, qué buenas barandas, es cedro, ¿no? ¿Y el piso? 

—El piso de la casa es todo de pinotea; voy a restaurarlo. ¡Quedará impecable!  

Federico se lanza hacia una esquina oscura y llena de polvo con la destreza de un atleta y abre un viejo baúl de cuero labrado.

             —¡Vení, mirá, acá está el tesoro de la casa! Y abre con fuerza la tapa del cofre.

 ***

Años atrás y en la misma casa, en tiempos en que un altillo era un lugar enorme y misterioso para explorar, Federico y Alexandra visitaban a la tía Ángela. 

—¡Mamá, mamá! ¿Qué es esto? Preguntan excitados los chicos mostrando un caño largo y pesado que encontraron. 

Lucía está haciendo el té para todos en la cocina y recibe lo que traen sus hijos. Es un tubo que se despliega y se alarga. Al tenerlo en sus manos resulta pesado y frío. Está lleno de polvo, pero se nota que es de bronce; sólo hay que limpiarlo bien y devolverle su brillo. Al extenderlo posa su ojo sobre uno de los cristales y ve que también están muy sucios, entonces limpia ambas puntas. Después lo dirige hacia la ventana para mirar afuera y les dice: “Esto es un catalejo. Vamos a preguntarle a la tía  de quién fue.”

             —¡Oh! ¿Qué es esto? ¿De dónde lo sacaron? —pregunta la tía y toma el objeto con sus nudosas y arrugadas manos— ¡Ah! Esto es del abuelo Bernardo Giuseppe. Un largavista que usó en su viaje mi bisabuelo —explica con lucidez la tía—. Bernardo tenía una goleta y vivía en Génova; eso fue más o menos a fines de 1800. Era un señor de buen pasar. ¡Imagínense que era dueño de un barco! Pero Europa estaba muy convulsionada con la guerra, el hambre… ¡No había trabajo! Por eso se aventuró a un largo viaje en su goleta hasta llegar a América. 

         ¿Viajó mucho tiempo? pregunta Federico.

—¡Ni te podes imaginar cuánto tiempo! El barco era a vela, no como los de ahora que tienen un motor, y necesitaba este instrumento para orientarse al navegar. Salió de Génova, ¿saben dónde queda? 

—¡No! Ni idea.  Los chicos responden al unísono. 

—¿Y cómo lo usaban?—demanda Federico.

—Para mirar las estrellas y luego dibujar en los mapas. Así se podían ubicar para navegar. Se embarcó por el mar Mediterráneo y cruzó el océano Atlántico. Navegó durante meses ¿Se imaginan ese viaje? Días y días en el mar, agua y más agua. ¡Terribles tormentas! Pero él buscaba un lugar en donde vivir mejor con su familia y así llegó a Buenos Aires.

—Es lo mismo que usó Colón cuando gritó “tierra”. Lo vi en la clase de sociales en el cole dice Alexandra. 

—Sí, seguramente el de Colón era todavía más viejo.

—Tía, ¿me lo regalás para jugar? —le suplica, Federico.

—¡Nooo, es un tesoro! Cuando seas grande. Vayan de vuelta al altillo y guárdenlo en donde estaba.

Federico vuelve triste a dejar “el tesoro” en el baúl. Su hermana lo acompaña  conmovida porque no pueden seguir jugando con el viejo y precioso objeto que habían encontrado.  Alexandra retoma sus sueños de princesa y, con un largo vestido blanco, desde la ventana del altillo suelta su melena diciendo: ¡Rapunzel!, ¡Rapunzel! ¡Deja tus trenzas caer!

            Cada sábado o domingo, se repetía la misma situación. Subían al desván, abrían el cofre, jugaban con el largavista y soñaban juntos con viajes y aventuras.  Cuando se reunían a tomar la leche, se escuchaba la misma pregunta de siempre: Tía, ¿me lo das? ¡Tía! ¡Me encanta el catalejo! ¡Tía! ¿Me lo regalás? Tía… ya sabés… Y así, reiteradamente, Federico se encargaba de recordarle a la tía que quería el maravilloso objeto. 

***

           Pasaron los años, se hizo grande, estudió en la Facultad y con el título de arquitecto bajo el brazo se fue a Italia. Recorrió la tierra de sus abuelos hasta conocerla palmo a palmo. Se quedaba  el tiempo necesario hasta saborearla totalmente en sus aromas, gustos y colores. Del norte hasta Sicilia y, desde allí, en barco cruzó a Cerdeña. En cada ciudad, en cada puerto, en donde veía un local de antigüedades, buscaba un catalejo; encontró decenas, grandes, chicos, básicos y modernos con alta tecnología. Pero no los compró porque ninguno se parecía al del abuelo Bernardo. 

            Se quedaba frente al mar, horas: Venecia, Ancona, Bari, Palermo… Sus ojos se empaparon del azul infinito, buscando a los lejos una vieja goleta, pero no, le faltaba el catalejo para mirar. Y se preguntaba: ¿estará todavía en el arcón del altillo? 

        En Génova se detuvo a vivir. Quería conquistar el espíritu del abuelo. Trabajó  en el puerto antiguo,  acarreando cajones  en las barcas de pescadores. A esa altura, ya sabía la lengua y sus dialectos. 

             Un día recibió un llamado especial.  

             —¡Hola Fede! ¡Te doy una gran noticia! ¡Finalmente la casa es tuya!  

—Hola hermanita, ¿Cómo estás? ¿Qué me estás diciendo? —pregunta sorprendido. 

—La casa de la tía, como ella lo había prometido, ¡es nuestra! Pero yo sigo acá en Perth y no voy a volver a vivir en Buenos Aires. Así que te doy mi parte.  Es toda tuya, ¡con altillo y todo! ¡Sos el dueño! Restaurala y devolvele toda la magia que tenía cuando éramos chicos.

Siguieron hablando un rato como siempre hasta que Federico le preguntó.

—Che, ¿estará todavía el catalejo en el baúl del altillo? 

—¿De qué me hablas, Fede? 

—¡No… nada, una duda mía nomás!

 El llamado de su hermana lo conmovió. No se esperaba una novedad así; ahora era dueño y señor de ese increíble altillo, donde habían vivido grandes aventuras. Y pensó: es hora de volver a casa.

             Dos días después de llegar a Ezeiza, se comunicó con su mejor amigo de la Facultad y le pidió que lo acompañara al barrio inglés. Tenía que mostrarle algo.

Acompáñame a Caballito; tengo una sorpresa para darte —le dijo, y antes de que pudiera hacerle alguna pregunta, agregó—: Después de mucho tiempo me dejaron la casa toda para mí. Te voy a mostrar mi tesoro. Al fin va a ser mío. 

sábado, 13 de junio de 2026

La biblioteca del censor de libros

 En La Biblioteca del censor de libros, Bothayna Al–Essa relata una distopía en la que un estado autoritario pretende erradicar la imaginación y la interpretación de las palabras escritas. Por eso los libros están prohibidos. 

 La autora nació en Kuwait en 1982. Es reconocida como una de las voces más sobresalientes de la literatura árabe contemporánea. Su obra, que consiste en más de doce novelas y libros infantiles, está atravesada por temas sociales y políticos y fue traducida al inglés. Además, participó en la campaña contra la censura en Kuwait.

Los personajes de su última novela no tienen nombre, solamente son llamados por las funciones que ejecutan en el sistema. Viven en una sociedad totalmente controlada por un gobierno totalitario: El Movimiento Popular por el Realismo Positivo que vigila todo, hasta lo que la gente piensa o lee. El fin es eliminar cualquier rastro de pensamiento alternativo, anular la individualidad y la memoria colectiva.

“Debes comprender cabalmente la naturaleza de tu trabajo. Estos objetos que estas inspeccionando son más peligrosos que las drogas o que las armas; incluso que el amor. ¡Son libros!” (pág.72)

 El protagonista es el Censor nuevo que ingresa a la Oficina de censura a trabajar. El primer libro que leyó le cambia la vida: “Nada había sido igual desde que había tomado el libro de tapa azul”. Pero no puede quedarse sin trabajo, tiene una esposa y una hija muy imaginativa a quienes sostener. Pensó que había tenido suficiente entrenamiento como para sortear los riegos del trabajo, pero: “Los libros oían, mordían se multiplicaban, tenían sexo. Tenían protocolos siniestros para dominar el mundo, para colonizar y conquistar…” (pág.14)

 “Quizás el Primer Censor estaba en lo cierto. Había empezado a leer antes de completar la formación, aun habiendo estudiado el Manual de lectura correcta varias veces. Estaba seguro de que había entendido todo el contenido, pero había algo más que lo eludía. El lenguaje no era una superficie lisa; era una montaña rusa, una esponja, un umbral. Pero ahí nadie opinaba como él. Sus colegas censores dirían que lo que no podía hallarse en la superficie no estaba ahí. Cuando el sistema negaba la existencia de una idea determinada era porque esta no existía.”  (pág. 26)                

En lo que refiere a “lo liso”  me recuerda a la crítica que realiza el filósofo Byung-Chul Han -en La salvación de lo bello- a “lo liso" como la estética dominante de nuestra época, y que abarca varios aspectos de la vida contemporánea.  Representa una sociedad obsesionada con eliminar toda resistencia, arruga o "negatividad". En este aspecto,  es similar a la tarea delegada a los censores “guardianes de superficies”. 

Pero el Censor, convertido en lector, se transforma en el Guardián de una Biblioteca preservada por la Resistencia, que trabaja en el seno del mismo gobierno. En una entrevista le preguntaron a Al-Essa por qué se teme tanto a los libros hasta el punto de prohibirlos, y contestó: “Porque los libros son una de las fuentes más importantes del pensamiento crítico y la libre expresión, y porque nos hacen arraigarnos en nuestras posiciones y nos capacitan para interpretarnos a nosotros mismos y comprender nuestro mundo. Son la verdadera puerta de entrada a la ciudadanía civil como acto de compromiso, participación e intento crónico de cambio para mejor. Todos los regímenes frágiles temen a los libros porque temen a los ciudadanos capaces de analizar, criticar y rechazar”.

 La novela es un amoroso tejido que enhebra clásicos de la historia de la literatura con personajes de cuentos infantiles atravesando la trama. Cada capítulo está estructurado según un grande: Zorba el griego, Alicia en el país de las maravillas, Pinocho, y las conocidas distopías: 1984 y Fahrenheit 451. ¿Cómo lo hace sin que esto se convierta en un pastiche? De una manera admirable, a través de las metáforas, la poesía y el realismo mágico. 

 También se puede reconocer la atmósfera de las obras de Kafka en el autoritarismo y la alienación que soportan en el régimen posrevolucionario y, entiendo que es una manera de retratar a los estados totalitarios. Probablemente la autora está describiendo al régimen del Emirato de Kuwait, una monarquía constitucional, en la que  existe la censura literaria: un comité gubernamental revisa y prohíbe miles de libros, incluyendo clásicos literarios y novelas.

 En lo que respecta al tema de la prohibición de la imaginación, la autora dice que: “es imposible destruir la imaginación porque se encuentra en el núcleo mismo de la identidad humana. Es esencial no solo porque nos ayuda a comprender, afrontar y escapar de la realidad simultáneamente, sino también porque nos permite ponernos en el lugar de los demás, comprender sus circunstancias y empatizar con ellos. Además, la imaginación es vital para mantener la paz social…”

La novela fue reconocida internacionalmente como finalista del prestigioso National Book Award de Literatura Traducida en 2024 y su edición original en árabe ganó el Premio Sharjah a la Creatividad Árabe en 2021. Fue preseleccionada para el Premio Nacional del Libro de Ficción 2024 en la categoría de literatura traducida. 

 Los amantes de la literatura se sentirán fácilmente inmersos en el relato de La Biblioteca del censor de libros. Será como caer por la madriguera del conejo, el túnel mágico y profundo que trasporta a Alicia al País de las maravillas. Al–Essa nos guía con una enorme habilidad, iluminándonos con su ternura por la literatura. 

El final me pareció literalmente increíble, aunque precisamente como distopía, me gustó más cómo concluye Fahrenheit. Como en toda distopía quiero que ganen los buenos. Mi consejo: dejate llevar y “Sigue al conejo blanco”.

Ficha Técnica

La biblioteca del censor de libros

Bothayna Al-Essa

Rústica, 14 × 21 cm, 248 páginas

Traducción de Franco Monterroso

Fiordo 2025

Entrevista a la autora



jueves, 11 de junio de 2026

La memoria es un animal esquivo.

 


         María del Mar Ramón en “La memoria es un animal esquivo” presenta a Juan Francisco (Juanfra), su protagonista, como un hombre que crece en un mundo masculino: su padre y sus dos hermanos. En su familia las mujeres ocupan un lugar muy secundario.

La autora explora en esta obra el tema de la memoria y pareciera que quiere mostrarlo a través de su protagonista un anti-héroe abrumado. A Juan Francisco, le pasa, lo que le pasa a todos: deforma el recuerdo de los hechos. Su memoria es el prisma a través del cual observa su vida. A los 70 años vive su vida como una dura herencia que se hace más tormentosa con la vuelta a su casa de Cúcuta. Pareciera que en cada paso que da estuviera a punto de arruinar todo, todo. Su historia es un derrumbe progresivo.

Juanfra lleva sobre sí como pesada carga lo que vivió en su infancia: la dolorosa muerte de su madre, el maltrato por parte de su padre, las burlas de su hermano mayor, y sumado a esto,  la experiencia de ingreso en un seminario católico de manera obligatoria. Esto dejó en su personalidad profundas huellas.

 


“Dijeron que había sido un milagro y que el milagro lo había hecho yo. Yo les quise explicar a papa y al tío Pacho que el milagro lo había hecho Pablo, que había rezado todas esas horas a mi lado, pero no hubo caso. “Los niños no hablan cuando hablamos los mayores”, me dijo papá, sin mirarme siquiera. Elevando la mano en el aire formó un muro invisible entre su inmensidad y mi pequeñez cuando traté de explicarle que yo no había rezado, que yo en realidad me quería ir de este mundo a cualquier otro. A cualquiera donde estuviera mamá”

 

Juan Francisco es un provinciano de una pequeña ciudad limítrofe de Colombia;  su mirada es muy conservadora y está acostumbrado al silencio. En su mundo los hombres  no hablan de sus problemas ni los resuelven con palabras, lo aprendió como forma de vida. Él mismo es un gran contenedor de palabras y emociones atragantadas. Si brotasen todas juntas sería un desastre.  Cuando descubre el sentido de su vida en el arte, se refugia en él. Pasa noches enteras en silencio y soledad pintando enormes obras, en la terraza de la casa de Madrid. Así sostiene la esperanza de salir de su auto percibido destino mediocre. Ese lugar se convierte en su espacio de libertad.

          En algún punto la soledad del personaje construido por María del Mar Ramón,  recuerda la soledad de William Stoner (Stoner de John Williams). Los dos protagonistas transitan su vida en una tremenda y silenciosa soledad masculina, algo que aprendieron en su infancia como solución y refugio. Mientras Juan Francisco está a punto de su autodestrucción, Stoner lleva su soledad de manera digna y con una resignación conmovedora. Juanfra despierta en el lector la necesidad de alertarlo: “¡Pará de hacer mal las cosas!”. En la vida de Stoner pareciera que no pasa nada, la concluye casi sin dejar huellas. 

         María del Mar Ramón en “La memora es un animal esquivo” logra habitar un personaje masculino, ponerse en su mente y memoria con mucha dignidad. Describe esa especie de “código de honor” tan característico de los hombres, en donde se defiende el silencio, la soledad y la necesidad de contener las emociones. Resulta así un protagonista complejo, con contradicciones, un anti héroe, como cualquier humano.

    Es un libro en donde el lector se sumerge en el mundo varonil y sus sentimientos. Una oportunidad para comprobar lo que dijo la autora en una entrevista, que para ella es un desafío más interesante habitar los personajes masculinos que hacer una “novela de chicas de su generación”.

      En mi opinión está logrado. 

 

Ficha técnica  

La memoria es un animal esquivo

María del Mar Ramón Vélez

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Concreto Editorial 2025

226 pág.. 20x14 cm

Colección narrativa

 Sobre la autora

María del Mar Ramón nació en Bogotá en 1992, pero vive en Buenos Aires desde 2012. Es cofundadora de la organización no gubernamental argentina Red de Mujeres, cocreadora del colectivo feminista colombiano Las Viejas Verdes y del proyecto internacional youtuber Beach Camp. Creadora el proyecto Fanática de los Boliches, que tiene como objetivo llevar perspectiva de género a los ámbitos nocturnos y de fiesta. Escribe con regularidad sobre feminismos y política en Vice, Volcánica, Página/12 y Playboy Colombia y en el portal feminista argentino LATFEM.

Publicó, en 2019, su primer libro Tirar y Vivir Sin Culpa, el Placer es Feminista (Planeta Colombia) que fue un éxito en ventas.

Otros libros: 

Con el cuento «El deseo es una cicatriz» formó parte de la antología Cuerpos (2019, Seix Barral).

Coger y comer sin culpa - El Placer Es Feminista (2020, Ediciones Paidós). 

La manada (2022, EMECE Editores).

Todo muere salvo el mar (2023, Seix Barral).

lunes, 26 de julio de 2021

Cómo llegué hasta aquí. Un años de #producción. #Canal #Arte Re visitado


Un año de trabajo y de producción! Por amor al arte solamente. Les cuento lo que me gusta e interesa de la Historia del arte. El Arte Moderno y Contemporáneo. Y el Arte como denuncia, manifiesto y critica de la realidad.