martes, 23 de junio de 2026

Salvatierra

Salvatierra es una novela de Pedro Mairal publicada por EMECE en 2008.  Es la historia de dos hermanos que viajan a Barrancales, un pueblo ficticio a orillas del río Uruguay. La reciente muerte de su madre los regresa al pueblo natal para resolver el tema de la herencia. Salvatierra, su padre, dejó un galpón lleno de rollos de pinturas y deben decidir qué hacer.

 «Si digo que mi padre tardó sesenta años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que lo pintó a lo largo de sesenta años».

 La novela es, también, un camino que nos invita a pensar y recorrer las relaciones familiares en las que las heridas ocultas, que se develan tras la muerte, ya no tienen posibilidad de diálogo o explicación. A veces es triste, pero de alguna manera, también es sanador. 

 Salvatierra, cuando era niño, por un accidente había quedado mudo, y aprendió a comunicarse a través de la pintura. En su vida, no dejó un día sin pintar. Pero esta es la historia de Miguel, que se enfrenta con la enormidad de la obra del padre. Frente a ella tiene sensaciones encontradas: recuerda los momentos felices en que le ayudó, pero también siente que Salvatierra, a pesar de su mudez, con su pintura infinita invadió su vida, aturdiéndolo.

Como artista, Salvatierra era autodidacta y pintaba un realismo con cierto sentido fantástico y naturalista, el concepto mismo de pintar un lienzo infinito e inabarcable roza lo fantástico. Su arte era marginal: trabajaba en absoluto secreto alejado de las galerías y la cultura oficial de la época.

Hay algo particular en la novela: Miguel nombra a su padre por el apellido. El hecho de que un hijo nombre así a su padre, nos muestra un modo del habla campesino que está presente en toda la obra. Se nota el uso de regionalismos o palabras propias como “islero” -los habitantes de la isla-, o “gurí” para referirse a los niños. Además, muestra la fauna y flora de la zona, peces propios del río como los “dorados” y  “surubíes”. De alguna manera, el lector puede imaginar, en los diálogos con los pueblerinos, hasta la entonación de la voz, su melodía.

Al mismo tiempo, es un relato íntimo, en primera persona, que cuenta las búsquedas y los descubrimientos. Por una parte, toparse con 60 rollos que contienen la obra monumental de casi 4 km de extensión que Salvatierra pintó diariamente como un relato autobiográfico. Y por otra, descubrir que falta el rollo correspondiente al año 1961. Por eso, el protagonista inicia un recorrido casi detectivesco en la memoria de los viejos conocidos de su familia. 

 Al principio de la narración, Mairal muestra a su personaje como alguien que se distanció de la vida de su padre cuando viaja a estudiar y se queda a vivir en Buenos Aires; pareciera que eso lo vive con cierta culpa. Pero a medida que avanza el relato, Miguel va cambiando: descubre el arte de su padre y entiende a las telas como un diario visual que lo ayuda a humanizar a Salvatierra. En verdad la búsqueda del rollo lo lleva a un viaje de reconciliación y maduración personal.

 «Si algo que había pintado no le gustaba, lo volvía a pintar más adelante con alguna variación, pero no lo corregía encima. Las cosas que estaban pintadas eran inalterables, como el pasado».

La pintura no era ajena a la vida de los hijos. De niño, el protagonista había participado en esa creación y hasta le había ayudado a preparar la tela. Ahora, mientras piensa con su hermano, qué hacer con los rollos, se desnudan secretos de la vida de Salvatierra: historias furtivas y amores escondidos. Al encontrar estas verdades ocultas de su padre, Miguel se replantea su propia identidad y el peso de los mandatos paternos. 

«Nunca fui muy creyente, porque la idea de sumarme un padre espiritual al enorme padre biológico que ya tenía me parecía agobiante. (…) Uno ocupa esos lugares que los padres dejan en blanco. Salvatierra ocupó ese margen alejado de las expectativas ganaderas de mi abuelo. Se adueñó de la representación, de la imagen. Yo me quedé con las palabras que la mudez de Salvatierra dejó de lado».

Por otra parte: el río. El río siempre presente, en la niñez, en la tragedia, en los excesos cometidos, y ahora, ¿tal vez revelados? La historia nos lleva a acompañar el fluir del río, como el transcurrir de la vida. En este punto podemos citar una pintura semejante al río que nos propone Pedro Mairal: “Argentina” la monumental instalación de Mondongo que conforma un paisaje de 45 metros lineales realizado íntegramente en plastilina. La obra muestra la naturaleza salvaje de Entre Ríos y el cauce del río Uruguay. Sí, hay mucho de esa ribera de “Argentina” en los rollos pintados por Salvatierra. 

Pero además, volviendo al recorrido por las relaciones familiares, recordamos “Los puentes de Madison County”, de Robert J. Walker. En la novela, dos hijos Carolyn y Michael, descubren después de la muerte de su madre, una gran historia de amor de cuatro días, entre ella y un fotógrafo que pasó por la granja buscando los Puentes de Madison. Los hijos aprenden que Francesca, su madre, eligió la fidelidad a su esposo y a la familia a pesar de que les deja escrito: “Todos estos años lo he amado desesperadamente”.

En Salvatierra “Miguel siente la imperiosa necesidad de encontrarlo (el rollo perdido)  para que el cuadro no sea infinito, para que tenga un borde, un límite. Para tener una vida que no haya sido pintada ya por su padre” (Introducción) 

Mairal en una entrevista cuenta que “Para Salvatierra, vivir su vida era pintarla, en el lienzo se vuelca toda su actividad comunicativa, todo su decir. Creo mucho en la parte sanadora de la creación (…) La escritura me permite que todo el caos vital quede ordenado, destilado. Eso hace Salvatierra, procesa la vida, la convierte en obra, se transustancia.”

La novela de Pedro Mairal nos convoca a revisitar las relaciones familiares de nuestra propia historia personal con esos momentos complejos siempre presentes. En Salvatierra se muestra la distancia que a veces existe en las familias. Los dos hijos, en su viaje de vuelta a Barrancales, al ver la inmensidad de la obra, logran comprender cómo su padre entendía el mundo. Sucede cuando los padres ya no están, pero es un comienzo de un replanteo de la vida y de una sanación afectiva. Al leer este libro, podemos entender  y compartir los sentimientos del autor cuando dice: “Creo mucho en la parte sanadora de la creación”.

SOBRE EL AUTOR

Pedro Mairal (Buenos Aires, 27 de septiembre de 1970) es un escritor, músico y guionista argentino.  En el 2007, fue incluido por el jurado de Bogotá39 entre los "mejores escritores jóvenes latinoamericanos". Se considera como parte de la Generación del 90, junto a otros escritores argentinos que admira, como Fabián Casas, Santiago Vega, Samanta Schweblin y Selva Almada. 

Escribió Poesías, Cuentos y ensayos. Entre sus novelas mencionamos: Una noche con Sabrina Love (1998) El año del desierto (2005), Salvatierra (2008), La uruguaya (2016) y Los nuevos (2025). 

En 1994 recibió la mención en el Premio Fortabat de poesía por Tigre como los pájaros, el  Premio Clarín de Novela por Una noche con Sabrina Love en 1998 y en 2017 el Premio Tigre Juan por La uruguaya.