martes, 16 de junio de 2026

El catalejo (cuento)

               En una tarde fresca y otoñal dos hombres intentan abrir la puerta de una vieja casa en el Barrio Inglés de Caballito. El clima húmedo de Buenos Aires contrasta con la primavera que Federico dejó en Italia. 

—¡Dale, hermano, van a creer que estamos intentando robar! —apura a su amigo, mientras la lluvia los impregna suavemente.

—¡Qué querés si esta puerta no se abrió en años! —dice y empuja con todo el cuerpo la madera hinchada. ¡Boooommmm! Con el golpe, se libera como si fuera la puerta de un vetusto castillo de cuentos infantiles.

— Al fin será mío. —dice Federico y se abalanza hacia la escalera.  

—Pará un poco, abramos las ventanas porque hay un olor acá… 

—No, subamos que quiero enseñarte algo.

Pero se detiene paralizado. Le asalta una duda de años. ¿Estará todavía en el cofre? ¿Y si alguien se lo llevó?

El amigo empieza a abrir las ventanas, preguntándose por qué dice “mío” si se trata de “la” casa.

—¿Fede, qué te pasa ahora? 

—No, no pasa nada… —responde, dudando un poco, toma coraje y agrega— Vení,  subamos al altillo. Tengo guardado algo que quiero mostrarte. Y a zancadas, sube los escalones haciendo crujir la madera. 

—Che, qué buenas barandas, es cedro, ¿no? ¿Y el piso? 

—El piso de la casa es todo de pinotea; voy a restaurarlo. ¡Quedará impecable!  

Federico se lanza hacia una esquina oscura y llena de polvo con la destreza de un atleta y abre un viejo baúl de cuero labrado.

             —¡Vení, mirá, acá está el tesoro de la casa! Y abre con fuerza la tapa del cofre.

 ***

Años atrás y en la misma casa, en tiempos en que un altillo era un lugar enorme y misterioso para explorar, Federico y Alexandra visitaban a la tía Ángela. 

—¡Mamá, mamá! ¿Qué es esto? Preguntan excitados los chicos mostrando un caño largo y pesado que encontraron. 

Lucía está haciendo el té para todos en la cocina y recibe lo que traen sus hijos. Es un tubo que se despliega y se alarga. Al tenerlo en sus manos resulta pesado y frío. Está lleno de polvo, pero se nota que es de bronce; sólo hay que limpiarlo bien y devolverle su brillo. Al extenderlo posa su ojo sobre uno de los cristales y ve que también están muy sucios, entonces limpia ambas puntas. Después lo dirige hacia la ventana para mirar afuera y les dice: “Esto es un catalejo. Vamos a preguntarle a la tía  de quién fue.”

             —¡Oh! ¿Qué es esto? ¿De dónde lo sacaron? —pregunta la tía y toma el objeto con sus nudosas y arrugadas manos— ¡Ah! Esto es del abuelo Bernardo Giuseppe. Un largavista que usó en su viaje mi bisabuelo —explica con lucidez la tía—. Bernardo tenía una goleta y vivía en Génova; eso fue más o menos a fines de 1800. Era un señor de buen pasar. ¡Imagínense que era dueño de un barco! Pero Europa estaba muy convulsionada con la guerra, el hambre… ¡No había trabajo! Por eso se aventuró a un largo viaje en su goleta hasta llegar a América. 

         ¿Viajó mucho tiempo? pregunta Federico.

—¡Ni te podes imaginar cuánto tiempo! El barco era a vela, no como los de ahora que tienen un motor, y necesitaba este instrumento para orientarse al navegar. Salió de Génova, ¿saben dónde queda? 

—¡No! Ni idea.  Los chicos responden al unísono. 

—¿Y cómo lo usaban?—demanda Federico.

—Para mirar las estrellas y luego dibujar en los mapas. Así se podían ubicar para navegar. Se embarcó por el mar Mediterráneo y cruzó el océano Atlántico. Navegó durante meses ¿Se imaginan ese viaje? Días y días en el mar, agua y más agua. ¡Terribles tormentas! Pero él buscaba un lugar en donde vivir mejor con su familia y así llegó a Buenos Aires.

—Es lo mismo que usó Colón cuando gritó “tierra”. Lo vi en la clase de sociales en el cole dice Alexandra. 

—Sí, seguramente el de Colón era todavía más viejo.

—Tía, ¿me lo regalás para jugar? —le suplica, Federico.

—¡Nooo, es un tesoro! Cuando seas grande. Vayan de vuelta al altillo y guárdenlo en donde estaba.

Federico vuelve triste a dejar “el tesoro” en el baúl. Su hermana lo acompaña  conmovida porque no pueden seguir jugando con el viejo y precioso objeto que habían encontrado.  Alexandra retoma sus sueños de princesa y, con un largo vestido blanco, desde la ventana del altillo suelta su melena diciendo: ¡Rapunzel!, ¡Rapunzel! ¡Deja tus trenzas caer!

            Cada sábado o domingo, se repetía la misma situación. Subían al desván, abrían el cofre, jugaban con el largavista y soñaban juntos con viajes y aventuras.  Cuando se reunían a tomar la leche, se escuchaba la misma pregunta de siempre: Tía, ¿me lo das? ¡Tía! ¡Me encanta el catalejo! ¡Tía! ¿Me lo regalás? Tía… ya sabés… Y así, reiteradamente, Federico se encargaba de recordarle a la tía que quería el maravilloso objeto. 

***

           Pasaron los años, se hizo grande, estudió en la Facultad y con el título de arquitecto bajo el brazo se fue a Italia. Recorrió la tierra de sus abuelos hasta conocerla palmo a palmo. Se quedaba  el tiempo necesario hasta saborearla totalmente en sus aromas, gustos y colores. Del norte hasta Sicilia y, desde allí, en barco cruzó a Cerdeña. En cada ciudad, en cada puerto, en donde veía un local de antigüedades, buscaba un catalejo; encontró decenas, grandes, chicos, básicos y modernos con alta tecnología. Pero no los compró porque ninguno se parecía al del abuelo Bernardo. 

            Se quedaba frente al mar, horas: Venecia, Ancona, Bari, Palermo… Sus ojos se empaparon del azul infinito, buscando a los lejos una vieja goleta, pero no, le faltaba el catalejo para mirar. Y se preguntaba: ¿estará todavía en el arcón del altillo? 

        En Génova se detuvo a vivir. Quería conquistar el espíritu del abuelo. Trabajó  en el puerto antiguo,  acarreando cajones  en las barcas de pescadores. A esa altura, ya sabía la lengua y sus dialectos. 

             Un día recibió un llamado especial.  

             —¡Hola Fede! ¡Te doy una gran noticia! ¡Finalmente la casa es tuya!  

—Hola hermanita, ¿Cómo estás? ¿Qué me estás diciendo? —pregunta sorprendido. 

—La casa de la tía, como ella lo había prometido, ¡es nuestra! Pero yo sigo acá en Perth y no voy a volver a vivir en Buenos Aires. Así que te doy mi parte.  Es toda tuya, ¡con altillo y todo! ¡Sos el dueño! Restaurala y devolvele toda la magia que tenía cuando éramos chicos.

Siguieron hablando un rato como siempre hasta que Federico le preguntó.

—Che, ¿estará todavía el catalejo en el baúl del altillo? 

—¿De qué me hablas, Fede? 

—¡No… nada, una duda mía nomás!

 El llamado de su hermana lo conmovió. No se esperaba una novedad así; ahora era dueño y señor de ese increíble altillo, donde habían vivido grandes aventuras. Y pensó: es hora de volver a casa.

             Dos días después de llegar a Ezeiza, se comunicó con su mejor amigo de la Facultad y le pidió que lo acompañara al barrio inglés. Tenía que mostrarle algo.

Acompáñame a Caballito; tengo una sorpresa para darte —le dijo, y antes de que pudiera hacerle alguna pregunta, agregó—: Después de mucho tiempo me dejaron la casa toda para mí. Te voy a mostrar mi tesoro. Al fin va a ser mío.