En una
tarde fresca y otoñal dos hombres intentan abrir la puerta de una vieja casa en
el Barrio Inglés de Caballito. El clima húmedo de Buenos Aires contrasta con la
primavera que Federico dejó en Italia.
—¡Dale,
hermano, van a creer que estamos intentando robar! —apura a su amigo, mientras
la lluvia los impregna suavemente.
—¡Qué
querés si esta puerta no se abrió en años! —dice y empuja con todo el cuerpo la
madera hinchada. ¡Boooommmm! Con el golpe, se libera como si fuera la puerta de
un vetusto castillo de cuentos infantiles.
— Al fin
será mío. —dice Federico y se abalanza hacia la escalera.
—Pará un
poco, abramos las ventanas porque hay un olor acá…
—No,
subamos que quiero enseñarte algo.
Pero se detiene paralizado. Le asalta una duda de años. ¿Estará todavía en el cofre? ¿Y si alguien se lo llevó?
El amigo
empieza a abrir las ventanas, preguntándose por qué dice “mío” si se trata de
“la” casa.
—¿Fede,
qué te pasa ahora?
—No, no
pasa nada… —responde, dudando un poco, toma coraje y agrega— Vení,
subamos al altillo. Tengo guardado algo que quiero mostrarte. Y a zancadas,
sube los escalones haciendo crujir la madera.
—Che, qué
buenas barandas, es cedro, ¿no? ¿Y el piso?
—El piso
de la casa es todo de pinotea; voy a restaurarlo. ¡Quedará
impecable!
Federico
se lanza hacia una esquina oscura y llena de polvo con la destreza de un atleta
y abre un viejo baúl de cuero labrado.
Años atrás
y en la misma casa, en tiempos en que un altillo era un lugar enorme y
misterioso para explorar, Federico y Alexandra visitaban a la tía Ángela.
—¡Mamá,
mamá! ¿Qué es esto? Preguntan excitados los chicos mostrando un caño largo y
pesado que encontraron.
Lucía está
haciendo el té para todos en la cocina y recibe lo que traen sus hijos. Es un
tubo que se despliega y se alarga. Al tenerlo en sus manos resulta pesado y
frío. Está lleno de polvo, pero se nota que es de bronce; sólo hay que
limpiarlo bien y devolverle su brillo. Al extenderlo posa su ojo sobre uno de
los cristales y ve que también están muy sucios, entonces limpia ambas puntas.
Después lo dirige hacia la ventana para mirar afuera y les dice: “Esto es un
catalejo. Vamos a preguntarle a la tía de quién fue.”
—¡Ni te
podes imaginar cuánto tiempo! El barco era a vela, no como los de ahora que
tienen un motor, y necesitaba este instrumento para orientarse al navegar.
Salió de Génova, ¿saben dónde queda?
—¡No! Ni
idea. Los chicos responden al unísono.
—¿Y cómo
lo usaban?—demanda Federico.
—Para
mirar las estrellas y luego dibujar en los mapas. Así se podían ubicar para
navegar. Se embarcó por el mar Mediterráneo y cruzó el océano Atlántico. Navegó
durante meses… ¿Se
imaginan ese viaje? Días y días en el mar, agua y más agua. ¡Terribles
tormentas! Pero él buscaba un lugar en donde vivir mejor con su familia y así
llegó a Buenos Aires.
—Es lo
mismo que usó Colón cuando gritó “tierra”. Lo vi en la clase de sociales en el
cole —dice
Alexandra.
—Sí,
seguramente el de Colón era todavía más viejo.
—Tía, ¿me
lo regalás para jugar? —le suplica, Federico.
—¡Nooo, es
un tesoro! Cuando seas grande. Vayan de vuelta al altillo y guárdenlo en donde
estaba.
Federico
vuelve triste a dejar “el tesoro” en el baúl. Su hermana lo acompaña
conmovida porque no pueden seguir jugando con el viejo y precioso objeto que
habían encontrado. Alexandra retoma sus sueños de princesa y, con un
largo vestido blanco, desde la ventana del altillo suelta su melena diciendo:
¡Rapunzel!, ¡Rapunzel! ¡Deja tus trenzas caer!
***
Pasaron los años, se hizo grande, estudió en la Facultad y con el título de arquitecto bajo el brazo se fue a Italia. Recorrió la tierra de sus abuelos hasta conocerla palmo a palmo. Se quedaba el tiempo necesario hasta saborearla totalmente en sus aromas, gustos y colores. Del norte hasta Sicilia y, desde allí, en barco cruzó a Cerdeña. En cada ciudad, en cada puerto, en donde veía un local de antigüedades, buscaba un catalejo; encontró decenas, grandes, chicos, básicos y modernos con alta tecnología. Pero no los compró porque ninguno se parecía al del abuelo Bernardo. Se quedaba
frente al mar, horas: Venecia, Ancona, Bari, Palermo… Sus ojos se empaparon del
azul infinito, buscando a los lejos una vieja goleta, pero no, le faltaba el
catalejo para mirar. Y se preguntaba: ¿estará todavía en el arcón del altillo?
En Génova
se detuvo a vivir. Quería conquistar el espíritu del abuelo. Trabajó en
el puerto antiguo, acarreando cajones en las barcas de pescadores.
A esa altura, ya sabía la lengua y sus dialectos.
Un día
recibió un llamado especial.
—Hola
hermanita, ¿Cómo estás? ¿Qué me estás diciendo? —pregunta sorprendido.
—La casa de la tía, como ella lo había prometido, ¡es nuestra! Pero yo sigo acá en Perth y no voy a volver a vivir en Buenos Aires. Así que te doy mi parte. Es toda tuya, ¡con altillo y todo! ¡Sos el dueño! Restaurala y devolvele toda la magia que tenía cuando éramos chicos.
Siguieron
hablando un rato como siempre hasta que Federico le preguntó.
—Che,
¿estará todavía el catalejo en el baúl del altillo?
—¿De qué
me hablas, Fede?
—¡No…
nada, una duda mía nomás!
—Acompáñame a Caballito; tengo una sorpresa para
darte —le dijo, y antes de que pudiera hacerle alguna pregunta, agregó—:
Después de mucho tiempo me dejaron la casa toda para mí. Te voy a mostrar mi
tesoro. Al fin va a ser mío.
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