Los comienzos del impresionismo coinciden con la aparición
de nuevos instrumentos musicales y con una presencia cada vez mayor de la
música en la vida cotidiana: se inauguran cafés concierto, salones de baile y
salas de ópera. Manet, Degas, Renoir, Morisot, Whistler, Toulouse-Lautrec y
Bonnard son a la vez testigos y actores de esos cambios que suponen el
nacimiento del ocio moderno.
En paralelo a esa «nueva pintura» surge también, a finales
del siglo XIX, una «nueva música». Se rompe con los códigos tradicionales, y
vientos de modernidad y libertad soplan en el mundo musical. Los pintores
defienden en sus cuadros esa evolución.
Las casi sesenta obras de esta muestra que se realizará hasta el 2 de julio en el Museo de los Impresionistas de Giverny, cuentan la
historia de una música cada vez más presente en la pintura. A las
representaciones públicas –fanfarrias, circos, cabarets, orquestas, óperas,
fiestas– se suman otras escenas más íntimas, como las de la música en el salón
o las clases de música. Esta exposición pone de manifiesto las estrechas
relaciones que en esta época se establecen entre los pintores y los músicos. Cuenta con la curaduria de Frédéric Frank y Belinda Thomson y con el apoyo excepcional del Museo d'Orsey y de l'Orangerie
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