miércoles, 27 de junio de 2012

Estación Miserere




Apenas bajé a la estación Miserere, por las ruidosas escaleras de lata celeste, la vi. Era una simple fotocopia, en blanco y negro, pero llamó mi atención. Reconocí el rostro de una chica, una mujer joven, y las palabras tristes de una despedida Cuando vi la fecha se aclaraba todo: 22 de febrero 2012. – Demasiado joven para morir así, pensé. Un escalofrío subió por mi columna.
Busqué más carteles, más recordatorios, pero no los encontré. Solo había un cartel, y ni una sola flor. Pero bastó la sobriedad de esa fotocopia en blanco y negro para recordar lo que había pasado allí. Solo un cartel blanco y negro; blanco como la muerte, negro como la tristeza que te invade. Negro como la angustia, negro como el miedo. Negro como el túnel del subte. 




Me quedé paralizada en el pasillo. A mi lado, la gente subía y bajaba a los empujones. Pero yo no me movía. No quedaban rastros de mi acelere de todos los martes. ¡Priiiiiiiiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiiiiiii! Pegué un salto y entré al vagón.
Dentro del subte volví a lo de siempre: los cuerpos de todos pegados y apretados. El calor y el tufo del encierro me recordaron dónde estaba. Sentí una gotita que bajaba por mi cuello. Me movía buscando el aire enrarecido del túnel que entraba por la ventana. De pronto escucho: ¡trac! Y el tren frenó.
Sentí miedo y dudé. Pensé en los 51 muertos del accidente, en la chica de la fotocopia y me volví a paralizar... Las puertas se abrieron, estábamos en la estación Loria. Los guardas bajaron extrañados y miraban hacia los rieles. El tren retomó la marcha muy lenta hacia la siguiente estación. Tan lenta que podía recordar todo, pensar en todo, sentir todo y aumentar mi ansiedad. Y de nuevo: ¡trac!
De vuelta el ruido de una madera entre los rieles. De vuelta los guardas mirando asombrados. De vuelta la... ¿duda? ¿La parálisis? ¿El miedo? La chica de la fotocopia. Los 51 muertos. La tragedia de Once. ¡No! ¡Nooooooooo! Pegué un saltó y me fui.


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