Ciudad de Buenos Aires, mayo de 2012
Querida
Bibi:
Una vez más el sol de mayo entra oblicuo por la
ventana y me hace viajar al pasado para aterrizar en la cálida siesta salteña
que confunde al termómetro. Acariciados por él, los árboles permanecen tristes con
sus hojas secas. Es el otoño que recubre las veredas de alfombras ocres y amarillas
invitando a las zapatillas a jugar. ¡Crash! ¡Crash! ¡Crash!
Iluminada y brillante la mesa de la
cocina sostiene las cartucheras repletas de colores. Sobre ella descansan
también los cuadernos Rivadavia tapa dura azul cuyas letras parecen querer
saltar sobre el mantel. La mesa recuerda todavía los concursos de quién termina
las cuentas primero y los gritos: -¡Te gané!, -¡Ufa! Son los cuadernos que
parecen no cansarse de competir en matemáticas, ciencias, lengua, dibujo... -¡Ay
éstas chicas! (refunfuña la mesa). Los cuadernos se sonríen y miran de reojo.
Cada vez que el sol me acaricia de esta manera
el corazón me regala estos recuerdos: por eso te escribo querida Bibiana.
Estos días de uniformes escoceses azules,
útiles escolares y cuadernos, me remontan a nuestra infancia feliz. Tercero
¿cuarto grado? ¡Cuánto tiempo pasó! Cuántas historias y vida compartida. Sí,
vida compartida; porque de eso se trata ser melliza.
¿Alguna vez te mostré la foto en blanco y negro
que tomé hace unos años de esa escena de la mesa? Mucha luz. La ventana con el
vidrio opaco y el mantel a cuadros. Solo un intento de plasmar en una imagen la
cotidiana escena de nuestras tareas escolares. Pero no, una foto no puede
representar el encanto guardado en la memoria y abonado con la fantasía del
paso del tiempo. No. Me sentí muy frustrada como fotógrafa.
El tiempo y la memoria se disparan para otro
lado.
En las calles de Buenos Aires, por estos días,
el cartel de la película El último Elvis
me pregunta: ¿Alguna vez quisiste ser
otra persona? Y sacudiendo las hojas ocres y amarillas contesto: ¡No! ¡Con lo
que me costó ser yo misma! (Recordando que a vos te pasó lo mismo).
¿No pensás que hace mucho que no tenemos un
tiempo para las dos? La vida y las opciones que tomamos nos diferenciaron y
distanciaron. Yo acá en esta ciudad tan loca y vos en esa provincia tan
tranquila. Sí, ya sé que tenemos Skype, los mensajitos y vivimos conectadas; pero
las dos sabemos que lo humano y lo personal pasa por otro lado ¿Te acordás cuando
éramos chicas y nadie molestaba nuestro mágico mundo de a dos?
Y me planteo un juego solo para mellizas, que solo pueden entender quienes transitaron esta experiencia. Juntarnos de vuelta las dos, en el mismo lugar, maravilloso y conocido: la mesa de la cocina. A la misma hora y con el mismo sol de la siesta y jugar. Recuperar los cuadernos del Cole que todavía están en el placard más alto del comedor. ¡Sí, están ahí! Recordar nuestras travesuras y las confusiones que generamos y que tanto nos divertían. Repasar nuestras sutiles semejanzas, como quedarnos las dos leyendo y escuchando música hasta el amanecer... y las evidentes diferencias, vos siempre cosechando triunfos intelectuales y yo, cosechando amigos. Y la continúa y siempre presente competencia: ¿te acordás de los eternos peloteos en las canchas de tenis del Sporting porque ninguna de las dos quería ser la perdedora?
Dale. No seas aburrida ¿te prendes?
Te quiero mucho.
Mariela




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