La lógica de Kandinsky, alguien que en Múnich, Moscú o París conmocionó el mundo del arte aplicando criterios objetivos para suscitar las más profundas emociones, queda enmarcada para la posteridad en la exposición que sobre la trayectoria del artista y profesor franco-ruso-alemán albergan las salas del Centro Centro Cibeles de Madrid.
El centenar de obras –óleos, tintas, gouaches, grabados…- procedentes del Fondo Kandinsky del Museo Nacional de Arte Moderno-Centro Pompidou de París se despliega en cinco grandes salas sobre la base de una sobria escenografía de fondos blancos, azules y negros. Los paisajes posimpresionistas primero, las frías geometrías después, y los inquietantes elementos zoomórficos por fin, asaltan y desasosiegan al visitante que se preste al juego, en lo que supone la mayor exposición celebrada en España sobre uno de los grandes tótems de la abstracción y, por elevación, de la Historia del arte. Kandinsky. Una retrospectiva, que antes pasó por Milán, Milwaukee y Nashville, es un verdadero acontecimiento en la temporada de exposiciones. España tardó algo más de lo conveniente -1978, en la Fundación Juan March- en dar a conocer al maestro de la abstracción.
El viaje propuesto por la curadora Angela Lampe, responsable de las colecciones modernas del Centro Pompidou, es escrupulosamente cronológico y abarca lo que podríamos llamar el todo Kandinsky: Múnich (1896-1914), Moscú (1914-1921), los años de la Bauhaus (1921-1933) y París (1933-1944, año de su muerte). Es la vida de un hombre de lejanías, siempre dispuesto, llegado el momento, a marcharse como llegó, aferrado a la única patria para él posible, el arte, alérgico cual pelo de gato al dogma artístico y político y a cualquier atisbo nacionalista.
Después de estudiar Derecho y Economía durante 10 años en su Moscú natal, Vassily Kandinsky se trasladaba a Múnich en 1896 para acometer, de forma bastante tardía, sus estudios de arte. En una ciudad que se había convertido en puro sarpullido creativo y que ya había empezado a abandonar el simbolismo para lanzarse al renovador Jugendstil modernista, Kandinsky desplegaría no solo su arte… sino también su ciencia.
Triplemente influido por las artes tradicionales y populares de su Rusia natal, el descubrimiento de Monet y la escucha del Lohengrinde Richard Wagner, el artista iba a echar los cimientos intelectuales y pictóricos de la abstracción. De lo espiritual en el arte (1912), un texto seminal de menos de 100 páginas que debería ser materia obligatoria en cualquier instituto de secundaria, deja claro el tema: no importa el qué, no hay asunto, no hay soluciones formales absolutas, sólo el efecto psíquico de las formas y de los colores en quien contempla la obra de arte importa, algo así como entre usted en el cuadro, navegue, déjese llevar, decida cómo quiere usted que ese cuadro sea. Hasta entonces sagrados principios referenciales de la pintura –como el del embeleso naturalista y su consecuencia, la imitación- quedan aparcados en vía muerta. La abstracción ha nacido de forma oficial. Kandinsky, que no propone caprichos ni poesías baratas de verso libre, aplica sistemas y criterios objetivos a su pintura. La matemática de las emociones es posible. El único objetivo es conmover. Él lo consigue: “Todo viene de un concepto que le obsesiona, el de la necesidad interior. En su caso esa necesidad viene de la forma, del interior, es decir, si en ese cuadro hay un círculo es preciso que ese círculo sea amarillo y no de otro color, de manera que acabará provocando emociones, vibraciones. En la abstracción de Kandinsky todo es muy controlado y muy sistemático, todo es muy riguroso, y ahí tienen mucho que ver, creo yo, sus estudios de Derecho y Económicas. El objetivo último era no sólo transmitir, sino persuadir”, explica Angela Lampe, una de las grandes especialistas mundiales en Kandinsky y los demás artistas del grupo Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), y que ahora prepara la gran retrospectiva que sobre Paul Klee organizará el año próximo el Centro Pompidou de París.
Paseando entre los kandinskys –volcán de color en medio de tanta
grisura de cielo y discurso- cabe pensar en cosas que no suelen ser
materia de reflexión un lunes por la mañana. Cosas como que el arte nos
sigue salvando, terco en su quietud en medio de tanta bulla. Y no solo a
través de vectores como el poder evocador y el arrebato plástico.
También nos salva la lógica. La lógica estruendosa de Vassily Kandinsky
(Moscú, 1866–París, 1944), ese edificio levantado durante los primeros
40 años del siglo XX a golpe de teoría y práctica, de manifiestos y
cuadros, color y forma.
Kandinsky. Una retrospectiva. Exposición organizada por Centro Centro Cibeles, Centro Pompidou y Arthemisia Group. Del 20 de octubre al 28 de febrero.
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