Fortuna de Hernán Díaz (anagrama, 2022) es una novela que narra el sistema financiero desde dentro y habla acerca de la herencia y la construcción de la riqueza de su protagonista. Recibió el premio Pulitzer de ficción en 2023. Uno de los aspectos más interesantes es la multiplicidad de capas que se presentan en el relato. Se puede hablar de cuatro libros con distintos géneros en un mismo libro. No es una novedad, ya otros autores lo hicieron antes en otras obras, es un recurso conocido, pero Hernán Díaz va enhebrando puntada a puntada el misterio sobre Mildred y hábilmente, recién en las últimas páginas devela la incógnita. La historia va sorprendiendo al lector a través de diversas voces que finalmente concluyen en “Futuros”: el Diario de Mildred Bevel que se constituye en la pieza final de un inmenso rompecabezas.
El escritor relata en una entrevista de abril de 2023, que en su investigación “a medida que fui leyendo más…, un hecho bastante obvio se hizo carne en mí, se hizo muy patente, y es el hecho de que no hay mujeres en el mundo de las finanzas. Cero, cero, cero. Y me parece que es una elisión, un borramiento totalmente deliberado (…) Entonces, muy rápidamente me di cuenta de que, más que del dinero, incluso, la novela trataría sobre la cuestión de la voz. Quién tiene una voz y a quién le ha sido vedada una voz. Por eso tiene esta estructura polifónica y coral”.
En “Obligaciones”, el primer libro, Díaz muestra a su personaje Benjamín Rask como un icono del hombre financista: poderoso, seguro, alejado de la realidad cotidiana y un poco autista. Está casado con Helen, arquetipo de la mujer aristocrática y amante del arte que se dedica a la filantropía. Fiel a esa época, una mujer que solo existe en referencia al hombre que está a su lado. En realidad, los dos personajes son muy parecidos a la verdad de los protagonistas de la historia que se contará a continuación.
El protagonista de la segunda parte y articulador de toda la novela es Andrew Bevel, un heredero. Muy detalladamente y en primera persona, en “Mi Vida”, cuenta sobre sus habilidades para la adquisición de su riqueza. Narra que su bisabuelo William era un innovador y un visionario. “También yo me he esforzado por seguir esos dos principios: uno debe crear su propio clima favorable y el beneficio personal tiene que ser un bien público” (pág. 160). De su abuelo Clarence, reconoce que: “tenía un talento asombroso para los números. Tenía los contactos de su padre. Tenía la reputación de su apellido. Tenía capital” (pág.163).
Su progenitor Edward “era un reflejo invertido de su padre en casi todos los sentidos. Mientras que Clarence era retraído, Edward era sociable. Si uno actuaba después de efectuar cálculos minuciosos, el otro se comportaba de forma impulsiva y tenía una intuición infalible” (pág.165). Concluye el relato de sus antepasados describiéndose a sí mismo: “Mis años de colegial y universitario revelaron una interesante amalgama genealógica: en mí, el temperamento de mi padre formaba una aleación con el espíritu de mi abuelo. Sin ser exactamente el rey del campus, llevaba una vida social activa. Y sin ser un académico ermitaño, siempre obtenía unos resultados excelentes” (pág.171). Todo el libro es una muestra de cómo él mismo se retrata. Bevel es un hombre que encarna la arrogancia del poder y desde esa perspectiva escribe sus memorias.
Un tema que está muy presente es la certeza de que la bonanza económica es una bendición de Dios y que todo lo que el financista realiza para construir su riqueza concluye necesariamente en el bien común. Bevel escribe: “Durante aquel tiempo no solo vi realizado el destino de nuestra gran nación, sino también el mío” (pág. 202) y más tarde agrega que: “...tal como habían hecho mis antepasados, demostré que el beneficio, cuando se obtiene de forma responsable, coincide con el bien común” (pág. 210) Hay una confusión de intereses, pero siempre prevalece la ganancia de quien tiene el poder y le saca provecho.
Este argumento se puede abordar analizando cómo las cosmovisiones teológicas moldean a las instituciones y a los individuos, forjando las actitudes sociales y personales. Influidos por el calvinismo y el puritanismo, los devotos del norte, consideraban que el trabajo no era un castigo divino como para la creencia católica, sino un deber sagrado. Al mismo tiempo, entendían que la prosperidad económica era una señal de la Gracia Divina. Por otra parte, según el dogma protestante, la salvación proviene de la “sola fe”, o sea, de una relación directa e individual entre el creyente y Dios, con la posibilidad de una libre interpretación de las Sagradas Escrituras —sin mediaciones ni instituciones—. Esta perspectiva religiosa fue construyendo un sujeto individualista que no se redime en comunidad, sino a través de sus acciones personales y méritos propios. Por eso se puede encontrar un tejido social más fragmentado y una marcada desigualdad vinculada a la premisa de que el éxito o el fracaso dependen exclusivamente del esfuerzo personal. Se suma a esta configuración religiosa una marcada visión liberal defensora de los negocios y la propiedad privada basada en la filosofía de John Locke (1632-1704), padre del liberalismo clásico, que sostiene que cada ser humano es dueño indiscutible de su propia persona, su cuerpo y su trabajo.
Una muestra de esta relación entre Dios y el dinero se encuentra en el dólar que contiene desde 1956 la frase “In God we trust” –En Dios confiamos–, que refleja la filosofía cultural y económica que dio forma a los Estados Unidos, una fusión muy norteamericana entre el capitalismo, el deber moral y la fe.
“Todo el mundo estaba jugando a las finanzas con dinero de juguete. ¡Hasta las mujeres entraron en el mercado! En las páginas de la prensa sensacionalista se mezclaban los “consejos” y “trucos” para invertir con los patrones de costura, las recetas y los cotilleos sobre los rompecorazones de Hollywood. La revista Ladies Home Journal publicaba editoriales firmados por financieros. Viudas y empleadas domésticas, jovencitas descocadas y madres “jugaban en la bolsa” por igual (…) Al principio de la década, las mujeres solo representaban un 1.5 por ciento del total de especuladores ociosos. Al final se acercaban al 40 por ciento. ¿Podía haber algún indicador más claro del desastre que se avecinaba? El descenso de la ilusión colectiva a la histeria solo era cuestión de tiempo. Yo sabía que era mi deber hacer lo posible para rectificar aquella situación." (Mi Vida, pág. 207-208)
Ida Partenza, su secretaria y ghostwriter, es la protagonista de la tercera parte. “Recuerdos de una memoria”. Está escrita en primera persona y cuenta su trabajo como taquígrafa. Andrew Bevel le dicta su versión para controlar el relato de su vida y determinar cómo será recordado. Muestra que no solo es capaz de dirigir y construir un imperio financiero con la certeza de que su beneficio personal también es un bien para los demás, sino que también, tiene el poder de cambiar la historia y lo que se dice de él. Pero Andrew Bevel/Benjamín Rask se encuentra con un problema: Ida Partenza es inmigrante, hija de un anarquista italiano que piensa y cree muy distinto a su jefe, y realiza bien su tarea, aunque con muchas contradicciones interiores.
“Me acuerdo de mi padre. Siempre decía que todo billete de dólar se había impreso en papel arrancado de la escritura de venta de un esclavo. Todavía lo puedo oír: “¿De dónde sale toda esa riqueza? De la acumulación originaria. Del robo fundacional de tierra, de medios de producción y vidas humanas. A lo largo de toda la historia, el capital ha provenido de la esclavitud. Mira este país y el mundo moderno. Sin esclavos no hay algodón; sin algodón, no hay industria; sin industria, no hay capital financiero”. (Recuerdos de una memoria, pág. 328)
A lo largo de la novela se va perfilando de manera progresiva el papel de Mildred Bevel, la esposa. Según el relato de su marido, era una filántropa ingenua; no es Helen Rask, la protagonista de “Obligaciones”, amante del arte y con enfermedades mentales. Pero tampoco es la misma que Ida Partenza vislumbra en sus investigaciones para escribir el relato de su jefe. Continuamente se pregunta: ¿quién es en realidad Mildred?
En 1967, Simone de Beauvoir, en “La mujer rota”, presenta a Monique como una mujer muy similar a las protagonistas de los dos primeros libros de Hernán Díaz. Dedicada a apoyar la carrera de su esposo, su vida perfecta se quiebra cuando se entera de que tiene una amante. Pierde la autoestima y siente que renunció a su carrera y desarrollo personal y se ha quedado vacía y sin sentido. Desde el existencialismo, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre sostienen que personajes como Monique eligen engañarse a sí mismos para no asumir el vértigo de su propia libertad y responsabilidad. En el caso de Fortuna, Mildred Bevel desaparece totalmente ante el poderío de su esposo y encuentra su desarrollo personal en el amor a la música y las tareas filantrópicas aprobadas por la sociedad de Nueva York para personas de su clase. Ella es una aristócrata educada para eclipsarse en un conveniente matrimonio con un millonario. No importa su formación o si es brillante en las matemáticas. Recién la conoceremos bien en “Futuros” las últimas páginas del libro, el diario personal de los días de su enfermedad.
No se trata de una historia común sobre el sistema financiero. Según Díaz, en la cuna del mercantilismo moderno no existían obras canónicas sobre el proceso de acumulación del dinero: “Hay novelas sobre conflictos de clases sociales, sobre las excentricidades de los ricos, sobre la explotación de las clases subordinadas. Todo eso sí, pero sobre el mecanismo mismo de acumulación del capital y los laberintos del capital no existían”.
En ese sentido, es muy crítica del capitalismo financiero. Pero además, casi sin querer y de manera sorprendente, revela la voz de las mujeres; lo hace a través de la hija de un anarquista, escritora e investigadora de la verdad de la protagonista y lo hace en el diario personal de Mildred que terminará siendo revelador.
Para cerrar, retomamos las palabras de Díaz sobre su relato: “En general, estamos acostumbrados a pensar en la ficción como un discurso sin consecuencias, un discurso, una especie de accesorio, un entretenimiento. Y me parece que no es así (…) Quiero decir, en última instancia, nosotros somos la suma de los relatos que contamos acerca de nosotros mismos y que los demás cuentan acerca de nosotros mismos.”
Somos la suma de los relatos. Fortuna es un relato que merece agregarse a nuestra vida de lectores.
Sobre la obra:
Cuando en 2022 se publicó en inglés, la lengua literaria de Díaz, la novela fue elogiada por el expresidente Barack Obama y la actriz y productora Kate Winslet entre otras personalidades. Para muchos, ya es una de las primeras obras maestras del siglo XXI.
Fue seleccionada ese mismo año como una de las mejores novelas por The Washington Post y The New York Times, integra la lista de semifinalistas de la XVII edición del prestigioso Premio Gregor von Rezzori.

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