Estela es la protagonista de Limpia, de Alía Trabucco Zerán (Lumen, 2023). Es una joven del sur de Chile que viaja a Santiago para trabajar como empleada doméstica. La señora está embarazada y ella desde el comienzo debe hacerse cargo de la hija. Tiene que hacer todas las tareas domésticas y, como es su rol, como se espera de ella, desaparecer en todo. Pero paradójicamente, Estela está presente en todo y aprende a habitar todos los rincones de la casa con un trabajo silencioso. Aunque el esfuerzo que le demanda permanece oculto, los resultados están a la vista de sus patrones. En este aspecto está muy bien construido el personaje y refleja la complejidad de la situación.
“En cuanto estuve fuera del supermercado y el sol me golpeó de lleno en
el cuerpo, ocurrió eso por primera vez. Alcé la vista, miré a mi alrededor y no
supe dónde estaba. No es una manera de decir. No me dio por la poesía. Pasé los
ojos por el asfalto, por las hojas que temblaban en los quillayes, por el
nombre escrito en el cartel de la bomba de bencina. Pero por más que recorría
con mis ojos esa realidad que me rodeaba, no conseguía descifrar cómo había
llegado a esa calle, ese barrio, esa ciudad, ese trabajo. No podía distinguir
la tierra del asfalto, una bicicleta de un animal, una pierna de la otra, esa
empleada de mí misma. La propia idea de un
animal, del asfalto sobre la tierra, de la empleada caminando con su uniforme
bajo el sol, se me volvió totalmente ajena. En una especie de doblez… ahí me
había metido y ya no podía salir” (Pág. 24)
El
relato es un monólogo interior, una
confesión en primera persona. Pareciera que está sufriendo un encierro y no se
sabe bien dónde está, entre cuatro paredes, en una sala tipo cámara Gesell. Por
otra parte, Estela les habla a los que están detrás del vidrio. En reiterados
momentos del relato los interpela y les hace comentarios.
Desde el inicio se sabe que la niña murió, pero no se sabe cómo. Eso genera una tensión dramática. Comienza como un policial y se buscan pistas para llegar a descubrir quién la mató o por qué murió. El lector, se encuentra enganchado por este hecho que recorre toda la confesión; se habla de la niña muerta pero nada es como parece. La Julia, la niña a quien Estela le cambió los pañales, a quien enseñó a comer y a chuparse el dedo. Una niña acosada por la ansiedad a quien peinaba y vestía. Pero también, la que había heredado la intransigencia y la tiranía de sus padres: una tiranía infantil, pero tiranía al fin. La tragedia atraviesa el relato, mientras tanto, el lector se sumerge en el día a día, en la cotidianeidad del trabajo de la protagonista. Pareciera que a la autora le interesa atrapar nuestra atención al comienzo como si fuera un thriller para contarnos una vida monótona, tediosa y desigual, pero limpia. Esto genera una muy buena tensión narrativa, la lectura es atrapante.
Además es un relato clasista de la sociedad chilena, pero también
podría reflejar a la clase alta de cualquier ciudad latinoamericana y hasta
quizás europea. La protagonista pasa 7 años en esa casa, tiempo en que
desaparece para servir a los dueños. La autora muestra, con el crecimiento de
la niña, el progresivo borramiento de Estela. Es notable cómo va perdiendo todo
lo que le concierne a su vida, sus
vínculos, su familia, las vacaciones en su casa, hasta que pierde a su madre.
Por
otra parte, en la resolución de la trama surge un personaje secundario: el
chico de la gasolinería; Estela lo vio un par de veces, porque recordemos que
salía muy poco, y asume una función muy importante en el final de la historia.
Este personaje no tiene el desarrollo suficiente en la trama principal como
para que resulte creíble. Es un testigo del deterioro y aislamiento último de
Estela pero la autora no le dio la suficiente carnadura.
En ese sentido, el desenlace es aturdido e inesperado. En la resolución del conflicto, escapando de la casa, Estela termina en medio de una marcha política en la ciudad, un lugar que ella desconocía. Por otra parte, el final de la novela no queda claro. ¿Acaso se escindió de la realidad como aparece en otros momentos de la trama? Lo que ella llama ¿irrealidad? Si ese fue el objetivo de la autora, lo logró.
En
una entrevista, Trabucco Zerán sostiene
que en las novelas siempre hay tramas y sub tramas y explica que su historia: “arranca con el final,
diciendo la niña está muerta, uno no sabe si es o no un crimen, se resuelve
sobre el final. Y luego indudablemente es una novela sobre las diferencias de
clase, las tensiones de clase, las desigualdades de clase. Así como también es
una novela sobre la voz, sobre la voz de este propio personaje que es una de
las hebras de la trenza…” Y agrega además que hay una cierta subversión al
aparecer ella contando su historia. Es la construcción de una voz
singular.
En
lo referente a este sistema clasista y a la desconexión total entre esos dos
mundos, Limpia recuerda la novela “Las viudas de los jueves” de Claudia Piñeiro
(Alfaguara, 2005) que retrata la vida de un barrio cerrado: Altos de la Cascada. La historia expone ese microcosmo social
que entra en decadencia por la crisis política argentina del 2001. Si bien las
empleadas domésticas son personajes secundarios, ellas son las que observan el
deterioro de la vida de sus patrones y cargan con las consecuencias. Hay una
escena muy ilustrativa que muestra el trabajo de Antonia, la empleada de
Mariana Andrade, una de las dueñas. La empleada ya ha realizado múltiples
tareas domésticas desde temprano antes de que la patrona se levante: “Evidentemente
estas mujeres tienen otro biorritmo, pensó Mariana, son mulas de carga. Y se
tiró otros cinco minutos sobre la cama” (Pág. 67). La misma soberbia, la
misma sumisión, la misma violencia
doméstica. La desigualdad y las tensiones están presentes también en Las viudas de los jueves,
y Claudia Piñeiro las desnuda de manera implacable en el relato.
Volviendo
a Limpia, respecto a los patrones, la autora dice: “Hay una familia para la
que ella trabaja que es neoliberal en su esencia y eso es sin duda producto de
la dictadura que implantó a la fuerza
ese modelo que se fue profundizando en Chile. Esa herida, además de las
heridas de la violencia, también sigue ahí.
Es una cuestión irresuelta… Y toda la desigualdad que produce el neoliberalismo
produce estas vidas también. Produce estos personajes, produce esas
desesperaciones, esa soledad. Es de alguna manera una gota, un micromundo de
esto más grande que es la historia larga de Chile”
Desde esa perspectiva, en el desenlace, la autora tiene la intención de conectar la tragedia personal de Estela con el estallido social y la violencia estructural de la sociedad en su conjunto. Es una forma de mostrar que la violencia no es solo un problema privado, sino que es el resultado de una maquinaria social mucho más amplia que termina aplastando a los más vulnerables. La tragedia final demuestra que el verdadero "crimen" es el divorcio absoluto entre los dos mundos. En definitiva, la autora lleva al lector por las narices en busca de la resolución de un crimen, un relato policial, y hace reflexionar sobre la violencia doméstica y las desigualdades sociales. Sorprendente y bien logrado.
