jueves, 15 de octubre de 2026

Limpia de Alia Trabucco Zerán

Estela es la protagonista de Limpia, de Alía Trabucco Zerán (Lumen, 2023). Es una joven del sur de Chile que viaja a Santiago para trabajar como empleada doméstica. La señora está embarazada y ella desde el comienzo debe hacerse cargo de la hija. Tiene que hacer todas las tareas domésticas y, como es su rol, como se espera de ella, desaparecer en todo. Pero paradójicamente, Estela está presente en todo  y aprende a habitar todos los rincones de la casa con un trabajo silencioso. Aunque el esfuerzo que le demanda permanece oculto, los resultados están a la vista de sus patrones. En este aspecto está muy bien construido el personaje y refleja la complejidad de la situación.

“En cuanto estuve fuera del supermercado y el sol me golpeó de lleno en el cuerpo, ocurrió eso por primera vez. Alcé la vista, miré a mi alrededor y no supe dónde estaba. No es una manera de decir. No me dio por la poesía. Pasé los ojos por el asfalto, por las hojas que temblaban en los quillayes, por el nombre escrito en el cartel de la bomba de bencina. Pero por más que recorría con mis ojos esa realidad que me rodeaba, no conseguía descifrar cómo había llegado a esa calle, ese barrio, esa ciudad, ese trabajo. No podía distinguir la tierra del asfalto, una bicicleta de un animal, una pierna de la otra, esa empleada de mí misma. La propia idea de un animal, del asfalto sobre la tierra, de la empleada caminando con su uniforme bajo el sol, se me volvió totalmente ajena. En una especie de doblez… ahí me había metido y ya no podía salir” (Pág. 24)

El relato es un monólogo interior, una confesión en primera persona. Pareciera que está sufriendo un encierro y no se sabe bien dónde está, entre cuatro paredes, en una sala tipo cámara Gesell. Por otra parte, Estela les habla a los que están detrás del vidrio. En reiterados momentos del relato los interpela y les hace comentarios.

Desde el inicio se sabe que la niña murió, pero no se sabe cómo. Eso genera una tensión dramática. Comienza como un policial y se buscan pistas para llegar a descubrir quién la mató o por qué murió. El lector, se encuentra enganchado por este hecho que recorre toda la confesión; se habla de la niña muerta pero nada es como parece. La Julia, la niña a quien Estela le cambió los pañales, a quien enseñó a comer y a chuparse el dedo.  Una niña acosada por la ansiedad a quien peinaba y vestía. Pero también, la que había heredado la intransigencia y la tiranía de sus padres: una tiranía infantil, pero tiranía al fin.  La tragedia atraviesa el relato, mientras tanto, el lector se sumerge en el día a día, en la cotidianeidad del trabajo de la protagonista. Pareciera que a la autora le interesa atrapar nuestra atención al comienzo como si fuera un thriller para contarnos una vida monótona, tediosa y desigual, pero limpia. Esto genera una muy buena tensión narrativa, la lectura es atrapante.

 Además es un relato clasista de la sociedad chilena, pero también podría reflejar a la clase alta de cualquier ciudad latinoamericana y hasta quizás europea. La protagonista pasa 7 años en esa casa, tiempo en que desaparece para servir a los dueños. La autora muestra, con el crecimiento de la niña, el progresivo borramiento de Estela. Es notable cómo va perdiendo todo lo que le concierne a  su vida, sus vínculos, su familia, las vacaciones en su casa, hasta que pierde a su madre.


Por otra parte, en la resolución de la trama surge un personaje secundario: el chico de la gasolinería; Estela lo vio un par de veces, porque recordemos que salía muy poco, y asume una función muy importante en el final de la historia. Este personaje no tiene el desarrollo suficiente en la trama principal como para que resulte creíble. Es un testigo del deterioro y aislamiento último de Estela pero la autora no le dio la suficiente carnadura.


En ese sentido, el desenlace es aturdido e inesperado. En la resolución del conflicto, escapando de la casa,  Estela termina en medio de una marcha política en la ciudad, un lugar que ella desconocía. Por otra parte, el final de la novela no queda claro. ¿Acaso se escindió de la realidad como aparece en otros momentos de la trama? Lo que ella llama ¿irrealidad?  Si ese fue el objetivo de la autora, lo logró.

En una entrevista,  Trabucco Zerán sostiene que en las novelas siempre hay tramas y sub tramas y explica que  su historia: “arranca con el final, diciendo la niña está muerta, uno no sabe si es o no un crimen, se resuelve sobre el final. Y luego indudablemente es una novela sobre las diferencias de clase, las tensiones de clase, las desigualdades de clase. Así como también es una novela sobre la voz, sobre la voz de este propio personaje que es una de las hebras de la trenza…” Y agrega además que hay una cierta subversión al aparecer ella contando su historia. Es la construcción de una voz singular. 

En lo referente a este sistema clasista y a la desconexión total entre esos dos mundos, Limpia recuerda la novela “Las viudas de los jueves” de Claudia Piñeiro (Alfaguara, 2005) que retrata la vida de un barrio cerrado: Altos de la Cascada. La historia expone ese microcosmo social que entra en decadencia por la crisis política argentina del 2001. Si bien las empleadas domésticas son personajes secundarios, ellas son las que observan el deterioro de la vida de sus patrones y cargan con las consecuencias. Hay una escena muy ilustrativa que muestra el trabajo de Antonia, la empleada de Mariana Andrade, una de las dueñas. La empleada ya ha realizado múltiples tareas domésticas desde temprano antes de que la patrona se levante: “Evidentemente estas mujeres tienen otro biorritmo, pensó Mariana, son mulas de carga. Y se tiró otros cinco minutos sobre la cama” (Pág. 67). La misma soberbia, la misma sumisión, la  misma violencia doméstica. La desigualdad y las tensiones están presentes también en Las viudas de los jueves, y Claudia Piñeiro las desnuda de manera implacable en el relato.

Volviendo a Limpia, respecto a los patrones, la autora dice: “Hay una familia para la que ella trabaja que es neoliberal en su esencia y eso es sin duda producto de la dictadura que implantó a la fuerza  ese modelo que se fue profundizando en Chile. Esa herida, además de las heridas de la violencia, también sigue ahí. Es una cuestión irresuelta… Y toda la desigualdad que produce el neoliberalismo produce estas vidas también. Produce estos personajes, produce esas desesperaciones, esa soledad. Es de alguna manera una gota, un micromundo de esto más grande que es la historia larga de Chile”

Desde esa perspectiva, en el desenlace, la autora tiene la intención de conectar la tragedia personal de Estela con el estallido social y la violencia estructural de la sociedad en su conjunto. Es una forma de mostrar que la violencia no es solo un problema privado, sino que es el resultado de una maquinaria social mucho más amplia que termina aplastando a los más vulnerables. La tragedia final demuestra que el verdadero "crimen" es el divorcio absoluto entre los dos mundos. En definitiva, la autora lleva al lector por las narices en busca de la resolución de un crimen, un relato policial, y hace reflexionar sobre la violencia doméstica y las desigualdades sociales. Sorprendente y bien logrado.

 

 

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

"Los Nuevos" y "El guardián entre el centeno". La soledad adolescente

En una entrevista Pedro Mairal, promocionando su última novela: Los Nuevos, le pidieron que recomendara un libro y eligió: El guardián entre el Centeno de J.D. Salinger y dice: “Ojalá mi novela tenga algo de ese espíritu. El personaje de Holden Caufield me parece de  una genialidad total. Salinger captó la atemporalidad de la adolescencia: un chico muy lastimado, viviendo una semana solo en Nueva York. Lo siento muy cercano, como alguien que podría conocer”. 

El guardián entre el centeno (J.D. Salinger1951) y  Los Nuevos (2025) guardan varias semejanzas y diferencias. Podríamos decir que tratan sobre la soledad adolescente que es transversal a todos, un tema universal.

En principio las dos son novelas de iniciación o de pasaje al mundo adulto, fueron escritas en dos ciudades, con geografías y momentos históricos muy distintos, y guardan una distancia de tiempo de más de 70 años.  El Guardián entre el centeno está ambientada en los Estados Unidos  de finales de los años 40, en  un contexto definido por el trauma de la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento del “Sueño americano”. Salinger escribió la historia marcado por su experiencia en la guerra lo que le confiere a la obra un rechazo visceral hacia la hipocresía y la falsedad de la sociedad. 

En cuanto a Los Nuevos, la narración está situada en zonas de la provincia y la ciudad de Buenos Aires de una Argentina siempre en crisis.  Se retratan escenas muy contemporáneas en donde la fractura social y la desigualdad de clases en círculos muy cerrados, generan en los protagonistas al momento de insertarse en el mundo adulto incertidumbre.  

Holden Caufield, el protagonista de El Guardián entre el centeno, es un adolescente herido emocionalmente por la reciente muerte de su hermano Allie y está desorientado ya que es la segunda vez que lo echan de un colegio. Tiene que volver a su casa, pero no se siente capaz de enfrentar a sus padres. Por eso deambula unos días en Nueva York en hoteles baratos y bares de jazz, entre prostitutas y proxenetas. Holden se pierde en la ciudad, no quiere crecer e idealiza la niñez frente a la hipocresía de los adultos, por eso quiere ser el “guardián” que evita que los niños caigan en la vida adulta. Hay mucho de Holden en cada uno de los personajes de Los Nuevos. Si bien Thiago, Bruno y Pilar, cada uno a su manera, enfrentan la soledad, entre ellos se sienten fortalecidos en la amistad que los une al momento de pasar al mundo adulto.

En lo que respecta al pasaje al mundo adulto, se trata de un tema recurrente en la literatura infantil. Se presenta como una continua critica al mundo adulto y un dolor a crecer. Se pueden citar dos conocidos cuentos: Alicia en el país de las Maravillas de Lewis Carroll y Peter Pan de J.M. Barrie,  cada uno con formas diversas de afrontar ese cambio. Las obras son consideradas por la crítica psicoanalítica como dos respuestas opuestas ante la misma crisis: la angustia frente al crecimiento y la amenaza de perder la infancia. El  "dejar de ser niño”. El psicólogo norteamericano Dan Kiley acuñó en 1983 el término “El Síndrome de Peter Pan” (El síndrome de Peter Pan. Los hombres que nunca crecieron).  Describe una condición psicológica real e influenciada por factores culturales que consiste en la incapacidad o negativa de un individuo a asumir las responsabilidades asociadas con la adultez.

Por otra parte, en cuanto a la forma de escritura, los relatos de Holden y de Thiago, están escritos en primera persona, lo que los convierte en un relato subjetivo de las experiencias más crudas con sus emociones expuestas. Thiago nos cuenta que está encerrado en un centro de salud mental y la médica le pide que escriba lo que pasó en el verano. Está emocionalmente herido y atravesando el duelo de la muerte de su madre, se siente como expulsado del mundo. Se niega a escribir, pero la magia de la literatura nos deja en esta primera parte, casi un diario con muchas semejanzas al relato de Holden. Para justificar la decisión de no colaborar con la psiquiatra, Thiago nos dice: “Otra razón por la que no escribiría nada es porque tendría que hablar mierda de todo el mundo en especial de la Bicha Araoz”. (Los Nuevos, Pág. 21) 

        En este punto, se asemeja a Holden que escribe: “Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Solo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco”. (El guardián entre el Centeno Pág. 7) 

Las dos novelas hablan de un encierro y, en el caso del relato de Thiago, también está  narrada en primera persona. Elegir esta forma de escritura es como elegir que los dos protagonistas sigan defendiendo su propia postura y opinión a pesar del aislamiento en un centro de salud mental. Un lugar en donde te pueden sacar todo excepto tu propia voz. 

Relatar en primera persona implica que el lector accede directamente a la subjetividad del personaje aunque aparece de manera inevitable el sesgo del narrador. El relato tiene una potencia testimonial, el protagonista está diciendo “esto lo viví yo y te lo cuento”. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que la elección de este tipo de narrador contiene una inevitable parcialidad.

En lo que concierne  a Bruno, Pedro Mairal relata en tercera persona la experiencia del personaje. Es una soledad distinta. El aislamiento le sobreviene por estar obligado a estudiar en una universidad extranjera en un lugar frío y lleno de nieve. Bruno vive como un exilio su estadía en Wisconsin y paradójicamente muestra otra cara de aislamiento juvenil en la era de la hiperconectividad. Celebra la copa Mundial 2022 gritando solo en medio del lago del campus. “Y cuando Montiel metió el gol de penal que le dio la victoria definitiva a la selección argentina, se quedó mirando mudo, cerro mudo la laptop, se levantó mudo, y en un largo plano sin cortes salió borrachisimo al frío del campus, se cruzó  con unos estudiantes (...) caminó más de cien metros con el ruidito del colchón de nieve escarchada triturándose y en ese enorme plano de hielo completamente vacío comenzó a gritar con todo el cañón de la garganta: ¡Hijos de puta! ¡Somos campeones del mundo, hijos de puta! Se volaron los pájaros de los arboles negros de la orilla”. (Los Nuevos Pág. 98)

Holden también se siente solo y aislado en su propia ciudad, camina por Manhattan pero no conoce a nadie. El frío que sufren y emparenta a los dos personajes, es el frío de la indiferencia. Dice el protagonista de El guardián entre el centeno: “Vivo en NY y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adónde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta” (Pág. 20). Pareciera que en realidad la preocupación por los patos es una metáfora del sin sentido de su vida y la necesidad de que alguien lo cuide para no pasar por ese frío que lo rodea.

        Finalmente Pilar, Pili, Pil Vicious, como Thiago la llama por un juego de palabras que combina su nombre con el apellido de Sid Vicious, el legendario y autodestructivo bajista de la banda punk Sex Pistols. Se trata de una chica aguerrida, resiliente, y a mi parecer, el personaje más entrañable. Sufre un desbarrancamiento progresivo y una degradación social por la pérdida de un hogar. Deambula sin rumbo y llega a vivir en la baulera del edificio de departamentos de su abuela. Pilar intenta sobrevivir en ese  encierro: “A veces oía voces de chicos muy dormidos o alguno despierto que corría  y le decían: Vení para acá, vamos que es tarde. Me hacía mierda el sonido de las familias tratándose bien, con cariño, el agua caliente circulando por las cañerías, mientras yo estaba caída dentro de ese pozo. De a ratos dormía, pero en general estaba despierta en la oscuridad”. (Los Nuevos Pág. 295). Holden, en cambio, tiene su casa y una red de seguridad en el dinero de sus padres pero no quiere regresar. Su aislamiento es un exilio financiado y voluntario.  

            La historia de Pilar está escrita por ella y Thiago en un contrapunto narrativo en donde a veces se confunden las voces y no se sabe bien quién es el que escribe. No es primera persona, pero pareciera que los personajes se conocen tanto que cada uno puede escribir la historia del otro. Resulta un relato intimista que revela la enorme confianza que se tienen.

            Las dos novelas retratan la vida adolescente, como una situación de mucho miedo al crecimiento y dolor por dejar la infancia. Tratan el crecimiento y el pasaje a la madurez como algo común a todos y por eso universal.

La historia de Thiago, es la más coincidente con la del protagonista de El Guardián. Y aunque se niegue a escribir en un papel como terapia, tener el relato personal en su cabeza es un acto de supervivencia. Mairal lo cuenta. Hay algo semejante a un diario de recuperación en las dos novelas. Los dos autores eligen el encierro y la resistencia al mundo adulto como forma de salvar la verdad de sus protagonistas. 

martes, 23 de junio de 2026

Salvatierra

Salvatierra es una novela de Pedro Mairal publicada por EMECE en 2008.  Es la historia de dos hermanos que viajan a Barrancales, un pueblo ficticio a orillas del río Uruguay. La reciente muerte de su madre los regresa al pueblo natal para resolver el tema de la herencia. Salvatierra, su padre, dejó un galpón lleno de rollos de pinturas y deben decidir qué hacer.

 «Si digo que mi padre tardó sesenta años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que lo pintó a lo largo de sesenta años».

 La novela es, también, un camino que nos invita a pensar y recorrer las relaciones familiares en las que las heridas ocultas, que se develan tras la muerte, ya no tienen posibilidad de diálogo o explicación. A veces es triste, pero de alguna manera, también es sanador. 

 Salvatierra, cuando era niño, por un accidente había quedado mudo, y aprendió a comunicarse a través de la pintura. En su vida, no dejó un día sin pintar. Pero esta es la historia de Miguel, que se enfrenta con la enormidad de la obra del padre. Frente a ella tiene sensaciones encontradas: recuerda los momentos felices en que le ayudó, pero también siente que Salvatierra, a pesar de su mudez, con su pintura infinita invadió su vida, aturdiéndolo.

Como artista, Salvatierra era autodidacta y pintaba un realismo con cierto sentido fantástico y naturalista, el concepto mismo de pintar un lienzo infinito e inabarcable roza lo fantástico. Su arte era marginal: trabajaba en absoluto secreto alejado de las galerías y la cultura oficial de la época.

Hay algo particular en la novela: Miguel nombra a su padre por el apellido. El hecho de que un hijo nombre así a su padre, nos muestra un modo del habla campesino que está presente en toda la obra. Se nota el uso de regionalismos o palabras propias como “islero” -los habitantes de la isla-, o “gurí” para referirse a los niños. Además, muestra la fauna y flora de la zona, peces propios del río como los “dorados” y  “surubíes”. De alguna manera, el lector puede imaginar, en los diálogos con los pueblerinos, hasta la entonación de la voz, su melodía.

Al mismo tiempo, es un relato íntimo, en primera persona, que cuenta las búsquedas y los descubrimientos. Por una parte, toparse con 60 rollos que contienen la obra monumental de casi 4 km de extensión que Salvatierra pintó diariamente como un relato autobiográfico. Y por otra, descubrir que falta el rollo correspondiente al año 1961. Por eso, el protagonista inicia un recorrido casi detectivesco en la memoria de los viejos conocidos de su familia. 

 Al principio de la narración, Mairal muestra a su personaje como alguien que se distanció de la vida de su padre cuando viaja a estudiar y se queda a vivir en Buenos Aires; pareciera que eso lo vive con cierta culpa. Pero a medida que avanza el relato, Miguel va cambiando: descubre el arte de su padre y entiende a las telas como un diario visual que lo ayuda a humanizar a Salvatierra. En verdad la búsqueda del rollo lo lleva a un viaje de reconciliación y maduración personal.

 «Si algo que había pintado no le gustaba, lo volvía a pintar más adelante con alguna variación, pero no lo corregía encima. Las cosas que estaban pintadas eran inalterables, como el pasado».

La pintura no era ajena a la vida de los hijos. De niño, el protagonista había participado en esa creación y hasta le había ayudado a preparar la tela. Ahora, mientras piensa con su hermano, qué hacer con los rollos, se desnudan secretos de la vida de Salvatierra: historias furtivas y amores escondidos. Al encontrar estas verdades ocultas de su padre, Miguel se replantea su propia identidad y el peso de los mandatos paternos. 

«Nunca fui muy creyente, porque la idea de sumarme un padre espiritual al enorme padre biológico que ya tenía me parecía agobiante. (…) Uno ocupa esos lugares que los padres dejan en blanco. Salvatierra ocupó ese margen alejado de las expectativas ganaderas de mi abuelo. Se adueñó de la representación, de la imagen. Yo me quedé con las palabras que la mudez de Salvatierra dejó de lado».

Por otra parte: el río. El río siempre presente, en la niñez, en la tragedia, en los excesos cometidos, y ahora, ¿tal vez revelados? La historia nos lleva a acompañar el fluir del río, como el transcurrir de la vida. En este punto podemos citar una pintura semejante al río que nos propone Pedro Mairal: “Argentina” la monumental instalación de Mondongo que conforma un paisaje de 45 metros lineales realizado íntegramente en plastilina. La obra muestra la naturaleza salvaje de Entre Ríos y el cauce del río Uruguay. Sí, hay mucho de esa ribera de “Argentina” en los rollos pintados por Salvatierra. 

Pero además, volviendo al recorrido por las relaciones familiares, recordamos “Los puentes de Madison County”, de Robert J. Walker. En la novela, dos hijos Carolyn y Michael, descubren después de la muerte de su madre, una gran historia de amor de cuatro días, entre ella y un fotógrafo que pasó por la granja buscando los Puentes de Madison. Los hijos aprenden que Francesca, su madre, eligió la fidelidad a su esposo y a la familia a pesar de que les deja escrito: “Todos estos años lo he amado desesperadamente”.

En Salvatierra “Miguel siente la imperiosa necesidad de encontrarlo (el rollo perdido)  para que el cuadro no sea infinito, para que tenga un borde, un límite. Para tener una vida que no haya sido pintada ya por su padre” (Introducción) 

Mairal en una entrevista cuenta que “Para Salvatierra, vivir su vida era pintarla, en el lienzo se vuelca toda su actividad comunicativa, todo su decir. Creo mucho en la parte sanadora de la creación (…) La escritura me permite que todo el caos vital quede ordenado, destilado. Eso hace Salvatierra, procesa la vida, la convierte en obra, se transustancia.”

La novela de Pedro Mairal nos convoca a revisitar las relaciones familiares de nuestra propia historia personal con esos momentos complejos siempre presentes. En Salvatierra se muestra la distancia que a veces existe en las familias. Los dos hijos, en su viaje de vuelta a Barrancales, al ver la inmensidad de la obra, logran comprender cómo su padre entendía el mundo. Sucede cuando los padres ya no están, pero es un comienzo de un replanteo de la vida y de una sanación afectiva. Al leer este libro, podemos entender  y compartir los sentimientos del autor cuando dice: “Creo mucho en la parte sanadora de la creación”.

SOBRE EL AUTOR

Pedro Mairal (Buenos Aires, 27 de septiembre de 1970) es un escritor, músico y guionista argentino.  En el 2007, fue incluido por el jurado de Bogotá39 entre los "mejores escritores jóvenes latinoamericanos". Se considera como parte de la Generación del 90, junto a otros escritores argentinos que admira, como Fabián Casas, Santiago Vega, Samanta Schweblin y Selva Almada. 

Escribió Poesías, Cuentos y ensayos. Entre sus novelas mencionamos: Una noche con Sabrina Love (1998) El año del desierto (2005), Salvatierra (2008), La uruguaya (2016) y Los nuevos (2025). 

En 1994 recibió la mención en el Premio Fortabat de poesía por Tigre como los pájaros, el  Premio Clarín de Novela por Una noche con Sabrina Love en 1998 y en 2017 el Premio Tigre Juan por La uruguaya. 

martes, 16 de junio de 2026

El catalejo (cuento)

               En una tarde fresca y otoñal dos hombres intentan abrir la puerta de una vieja casa en el Barrio Inglés de Caballito. El clima húmedo de Buenos Aires contrasta con la primavera que Federico dejó en Italia. 

—¡Dale, hermano, van a creer que estamos intentando robar! —apura a su amigo, mientras la lluvia los impregna suavemente.

—¡Qué querés si esta puerta no se abrió en años! —dice y empuja con todo el cuerpo la madera hinchada. ¡Boooommmm! Con el golpe, se libera como si fuera la puerta de un vetusto castillo de cuentos infantiles.

— Al fin será mío. —dice Federico y se abalanza hacia la escalera.  

—Pará un poco, abramos las ventanas porque hay un olor acá… 

—No, subamos que quiero enseñarte algo.

Pero se detiene paralizado. Le asalta una duda de años. ¿Estará todavía en el cofre? ¿Y si alguien se lo llevó?

El amigo empieza a abrir las ventanas, preguntándose por qué dice “mío” si se trata de “la” casa.

—¿Fede, qué te pasa ahora? 

—No, no pasa nada… —responde, dudando un poco, toma coraje y agrega— Vení,  subamos al altillo. Tengo guardado algo que quiero mostrarte. Y a zancadas, sube los escalones haciendo crujir la madera. 

—Che, qué buenas barandas, es cedro, ¿no? ¿Y el piso? 

—El piso de la casa es todo de pinotea; voy a restaurarlo. ¡Quedará impecable!  

Federico se lanza hacia una esquina oscura y llena de polvo con la destreza de un atleta y abre un viejo baúl de cuero labrado.

             —¡Vení, mirá, acá está el tesoro de la casa! Y abre con fuerza la tapa del cofre.

 ***

Años atrás y en la misma casa, en tiempos en que un altillo era un lugar enorme y misterioso para explorar, Federico y Alexandra visitaban a la tía Ángela. 

—¡Mamá, mamá! ¿Qué es esto? Preguntan excitados los chicos mostrando un caño largo y pesado que encontraron. 

Lucía está haciendo el té para todos en la cocina y recibe lo que traen sus hijos. Es un tubo que se despliega y se alarga. Al tenerlo en sus manos resulta pesado y frío. Está lleno de polvo, pero se nota que es de bronce; sólo hay que limpiarlo bien y devolverle su brillo. Al extenderlo posa su ojo sobre uno de los cristales y ve que también están muy sucios, entonces limpia ambas puntas. Después lo dirige hacia la ventana para mirar afuera y les dice: “Esto es un catalejo. Vamos a preguntarle a la tía  de quién fue.”

             —¡Oh! ¿Qué es esto? ¿De dónde lo sacaron? —pregunta la tía y toma el objeto con sus nudosas y arrugadas manos— ¡Ah! Esto es del abuelo Bernardo Giuseppe. Un largavista que usó en su viaje mi bisabuelo —explica con lucidez la tía—. Bernardo tenía una goleta y vivía en Génova; eso fue más o menos a fines de 1800. Era un señor de buen pasar. ¡Imagínense que era dueño de un barco! Pero Europa estaba muy convulsionada con la guerra, el hambre… ¡No había trabajo! Por eso se aventuró a un largo viaje en su goleta hasta llegar a América. 

         —¿Viajó mucho tiempo? —pregunta Federico.

—¡Ni te podes imaginar cuánto tiempo! El barco era a vela, no como los de ahora que tienen un motor, y necesitaba este instrumento para orientarse al navegar. Salió de Génova, ¿saben dónde queda? 

—¡No! Ni idea.  Los chicos responden al unísono. 

—¿Y cómo lo usaban?—demanda Federico.

—Para mirar las estrellas y luego dibujar en los mapas. Así se podían ubicar para navegar. Se embarcó por el mar Mediterráneo y cruzó el océano Atlántico. Navegó durante meses… ¿Se imaginan ese viaje? Días y días en el mar, agua y más agua. ¡Terribles tormentas! Pero él buscaba un lugar en donde vivir mejor con su familia y así llegó a Buenos Aires.

—Es lo mismo que usó Colón cuando gritó “tierra”. Lo vi en la clase de sociales en el cole —dice Alexandra. 

—Sí, seguramente el de Colón era todavía más viejo.

—Tía, ¿me lo regalás para jugar? —le suplica, Federico.

—¡Nooo, es un tesoro! Cuando seas grande. Vayan de vuelta al altillo y guárdenlo en donde estaba.

Federico vuelve triste a dejar “el tesoro” en el baúl. Su hermana lo acompaña  conmovida porque no pueden seguir jugando con el viejo y precioso objeto que habían encontrado.  Alexandra retoma sus sueños de princesa y, con un largo vestido blanco, desde la ventana del altillo suelta su melena diciendo: ¡Rapunzel!, ¡Rapunzel! ¡Deja tus trenzas caer!

            Cada sábado o domingo, se repetía la misma situación. Subían al desván, abrían el cofre, jugaban con el largavista y soñaban juntos con viajes y aventuras.  Cuando se reunían a tomar la leche, se escuchaba la misma pregunta de siempre: Tía, ¿me lo das? ¡Tía! ¡Me encanta el catalejo! ¡Tía! ¿Me lo regalás? Tía… ya sabés… Y así, reiteradamente, Federico se encargaba de recordarle a la tía que quería el maravilloso objeto. 

***

           Pasaron los años, se hizo grande, estudió en la Facultad y con el título de arquitecto bajo el brazo se fue a Italia. Recorrió la tierra de sus abuelos hasta conocerla palmo a palmo. Se quedaba  el tiempo necesario hasta saborearla totalmente en sus aromas, gustos y colores. Del norte hasta Sicilia y, desde allí, en barco cruzó a Cerdeña. En cada ciudad, en cada puerto, en donde veía un local de antigüedades, buscaba un catalejo; encontró decenas, grandes, chicos, básicos y modernos con alta tecnología. Pero no los compró porque ninguno se parecía al del abuelo Bernardo. 

            Se quedaba frente al mar, horas: Venecia, Ancona, Bari, Palermo… Sus ojos se empaparon del azul infinito, buscando a los lejos una vieja goleta, pero no, le faltaba el catalejo para mirar. Y se preguntaba: ¿estará todavía en el arcón del altillo? 

        En Génova se detuvo a vivir. Quería conquistar el espíritu del abuelo. Trabajó  en el puerto antiguo,  acarreando cajones  en las barcas de pescadores. A esa altura, ya sabía la lengua y sus dialectos. 

             Un día recibió un llamado especial.  

             —¡Hola Fede! ¡Te doy una gran noticia! ¡Finalmente la casa es tuya!  

—Hola hermanita, ¿Cómo estás? ¿Qué me estás diciendo? —pregunta sorprendido. 

—La casa de la tía, como ella lo había prometido, ¡es nuestra! Pero yo sigo acá en Perth y no voy a volver a vivir en Buenos Aires. Así que te doy mi parte.  Es toda tuya, ¡con altillo y todo! ¡Sos el dueño! Restaurala y devolvele toda la magia que tenía cuando éramos chicos.

Siguieron hablando un rato como siempre hasta que Federico le preguntó.

—Che, ¿estará todavía el catalejo en el baúl del altillo? 

—¿De qué me hablas, Fede? 

—¡No… nada, una duda mía nomás!

 El llamado de su hermana lo conmovió. No se esperaba una novedad así; ahora era dueño y señor de ese increíble altillo, donde habían vivido grandes aventuras. Y pensó: es hora de volver a casa.

             Dos días después de llegar a Ezeiza, se comunicó con su mejor amigo de la Facultad y le pidió que lo acompañara al barrio inglés. Tenía que mostrarle algo.

—Acompáñame a Caballito; tengo una sorpresa para darte —le dijo, y antes de que pudiera hacerle alguna pregunta, agregó—: Después de mucho tiempo me dejaron la casa toda para mí. Te voy a mostrar mi tesoro. Al fin va a ser mío. 

sábado, 13 de junio de 2026

La biblioteca del censor de libros

 En La Biblioteca del censor de libros, Bothayna Al–Essa relata una distopía en la que un estado autoritario pretende erradicar la imaginación y la interpretación de las palabras escritas. Por eso los libros están prohibidos. 

 La autora nació en Kuwait en 1982. Es reconocida como una de las voces más sobresalientes de la literatura árabe contemporánea. Su obra, que consiste en más de doce novelas y libros infantiles, está atravesada por temas sociales y políticos y fue traducida al inglés. Además, participó en la campaña contra la censura en Kuwait.

Los personajes de su última novela no tienen nombre, solamente son llamados por las funciones que ejecutan en el sistema. Viven en una sociedad totalmente controlada por un gobierno totalitario: El Movimiento Popular por el Realismo Positivo que vigila todo, hasta lo que la gente piensa o lee. El fin es eliminar cualquier rastro de pensamiento alternativo, anular la individualidad y la memoria colectiva.

“Debes comprender cabalmente la naturaleza de tu trabajo. Estos objetos que estas inspeccionando son más peligrosos que las drogas o que las armas; incluso que el amor. ¡Son libros!” (pág.72)

 El protagonista es el Censor nuevo que ingresa a la Oficina de censura a trabajar. El primer libro que leyó le cambia la vida: “Nada había sido igual desde que había tomado el libro de tapa azul”. Pero no puede quedarse sin trabajo, tiene una esposa y una hija muy imaginativa a quienes sostener. Pensó que había tenido suficiente entrenamiento como para sortear los riegos del trabajo, pero: “Los libros oían, mordían se multiplicaban, tenían sexo. Tenían protocolos siniestros para dominar el mundo, para colonizar y conquistar…” (pág.14)

 “Quizás el Primer Censor estaba en lo cierto. Había empezado a leer antes de completar la formación, aun habiendo estudiado el Manual de lectura correcta varias veces. Estaba seguro de que había entendido todo el contenido, pero había algo más que lo eludía. El lenguaje no era una superficie lisa; era una montaña rusa, una esponja, un umbral. Pero ahí nadie opinaba como él. Sus colegas censores dirían que lo que no podía hallarse en la superficie no estaba ahí. Cuando el sistema negaba la existencia de una idea determinada era porque esta no existía.”  (pág. 26)                

En lo que refiere a “lo liso”  me recuerda a la crítica que realiza el filósofo Byung-Chul Han -en La salvación de lo bello- a “lo liso" como la estética dominante de nuestra época, y que abarca varios aspectos de la vida contemporánea.  Representa una sociedad obsesionada con eliminar toda resistencia, arruga o "negatividad". En este aspecto,  es similar a la tarea delegada a los censores “guardianes de superficies”. 

Pero el Censor, convertido en lector, se transforma en el Guardián de una Biblioteca preservada por la Resistencia, que trabaja en el seno del mismo gobierno. En una entrevista le preguntaron a Al-Essa por qué se teme tanto a los libros hasta el punto de prohibirlos, y contestó: “Porque los libros son una de las fuentes más importantes del pensamiento crítico y la libre expresión, y porque nos hacen arraigarnos en nuestras posiciones y nos capacitan para interpretarnos a nosotros mismos y comprender nuestro mundo. Son la verdadera puerta de entrada a la ciudadanía civil como acto de compromiso, participación e intento crónico de cambio para mejor. Todos los regímenes frágiles temen a los libros porque temen a los ciudadanos capaces de analizar, criticar y rechazar”.

 La novela es un amoroso tejido que enhebra clásicos de la historia de la literatura con personajes de cuentos infantiles atravesando la trama. Cada capítulo está estructurado según un grande: Zorba el griego, Alicia en el país de las maravillas, Pinocho, y las conocidas distopías: 1984 y Fahrenheit 451. ¿Cómo lo hace sin que esto se convierta en un pastiche? De una manera admirable, a través de las metáforas, la poesía y el realismo mágico. 

 También se puede reconocer la atmósfera de las obras de Kafka en el autoritarismo y la alienación que soportan en el régimen posrevolucionario y, entiendo que es una manera de retratar a los estados totalitarios. Probablemente la autora está describiendo al régimen del Emirato de Kuwait, una monarquía constitucional, en la que  existe la censura literaria: un comité gubernamental revisa y prohíbe miles de libros, incluyendo clásicos literarios y novelas.

 En lo que respecta al tema de la prohibición de la imaginación, la autora dice que: “es imposible destruir la imaginación porque se encuentra en el núcleo mismo de la identidad humana. Es esencial no solo porque nos ayuda a comprender, afrontar y escapar de la realidad simultáneamente, sino también porque nos permite ponernos en el lugar de los demás, comprender sus circunstancias y empatizar con ellos. Además, la imaginación es vital para mantener la paz social…”

La novela fue reconocida internacionalmente como finalista del prestigioso National Book Award de Literatura Traducida en 2024 y su edición original en árabe ganó el Premio Sharjah a la Creatividad Árabe en 2021. Fue preseleccionada para el Premio Nacional del Libro de Ficción 2024 en la categoría de literatura traducida. 

 Los amantes de la literatura se sentirán fácilmente inmersos en el relato de La Biblioteca del censor de libros. Será como caer por la madriguera del conejo, el túnel mágico y profundo que trasporta a Alicia al País de las maravillas. Al–Essa nos guía con una enorme habilidad, iluminándonos con su ternura por la literatura. 

El final me pareció literalmente increíble, aunque precisamente como distopía, me gustó más cómo concluye Fahrenheit. Como en toda distopía quiero que ganen los buenos. Mi consejo: dejate llevar y “Sigue al conejo blanco”.

Ficha Técnica

La biblioteca del censor de libros

Bothayna Al-Essa

Rústica, 14 × 21 cm, 248 páginas

Traducción de Franco Monterroso

Fiordo 2025

Entrevista a la autora